“Todo el mundo miente”, sentenciaba en cada capítulo el irreverente Dr. House, protagonista de la serie homónima de comienzos del milenio. Partiendo de esa premisa, la diferencia entre unos y otros radica en la elegancia con la que lo hacemos.
Es fácil caer en un análisis cínico del espectáculo humano en torno a las verdades y falsedades. Decimos que mentimos por amor, aunque casi nunca sea cierto; lo hacemos, más bien, para no perder algo: una persona, una imagen, una versión amable de nosotros mismos que nos permita seguir siendo los protagonistas de una historia que, sin la mentira, nos relegaría a un papel secundario.
Resulta cómodo hacerlo porque, en cierto modo, es efectivo. O lo suficiente como para silenciar a algunos, convencer a otros y escandalizar al resto.
Pero, ¿somos tan ridículos como sugiere esta evaluación? Claro que sí, y quizá mucho más de lo que quisiéramos admitir. Sin embargo, ¿no es esa misma simplicidad —esa reducción a lo esencial— lo que nos permite sacar lo mejor de nosotros?
Cuanto más se fuerza una verdad absoluta, más probable es que surja una singularidad que la contradiga. En otras palabras: todo es mentira y todo es verdad. Todo depende del punto de vista y del motivo. Y es ahí donde encuentro el brillo humanista de esta reflexión.
La mayoría de las personas no mienten sobre grandes asuntos; lo hacen en torno a cosas cotidianas, con la intención de no hacer daño. Piénselo: repase las últimas mentiras —o “mentirijillas”— que le ha dicho a su pareja, a su jefe o a un amigo. Tal vez fueron para evitar que se preocupara por un informe que aún no estaba listo (aunque usted sabía que lo estaría a tiempo), o para no herir sus sentimientos al inventar un compromiso y así no tener que salir a cenar.
Quizá el cinismo no sea más que una forma sofisticada de justificar nuestras inseguridades. Y las mentiras más grandes y tristes, las que nos contamos a nosotros mismos, no sirven para sostener al personaje protagonista, sino para sobrevivirlo.

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