El pasado viernes, Loquillo consagró su rock & roll actitud en la capital. Dio un show digno y soberbio, cargado de sus grandes éxitos y acompañado por una banda afín al espíritu que el rockero desprende. Hubo pequeñas desilusiones entre el gentío al comprobar que no salía ninguno de los colaboradores que participó en el disco que respalda la gira de conciertos, salvo la aparición de Olvido —Alaska— en el tema Rey del glam. Aunque hubo quien habría preferido su dueto famoso en El ritmo del garaje.

Con todo, la magia y el temperamento —que van más allá de la música— no consiguieron trasladarse del escenario al público. Soy consciente de que, al igual que el artista suma 64 años, sus seguidores también apagan las mismas o más velas. Uno no pretende encontrarse en la pista la euforia y el descontrol juvenil de los años ochenta, pero tampoco comportamientos pueriles. Y no es algo puntual o específico de los admiradores de Loquillo; es algo que se viene repitiendo en los últimos años en cualquier concierto de música rock. Amonestaciones, codazos y empujones porque estás bailando y coreando las canciones de tu artista favorito. Repito: bailando y coreando, no molestando e importunando. Existe una gran diferencia entre una cosa y la otra. Bailar y saltar sin moverte de tu posición, ni tocar a ningún espectador de tu alrededor, debería ser la tónica habitual de cualquier show con música en vivo.

Lo que vi fue gente de sesenta años dando golpes a una familia con dos adolescentes porque uno de ellos era alto; codos a la altura del hombro para, según el tipo, “proteger a su mujer”; reproches porque bailas mucho y no puede ver desde su cuarta fila, quieto; broncas entre el público porque dos mujeres se fueron al baño hace dos canciones y pretendían volver al mismo sitio como si nada; y quizá lo que más me llamó la atención fue la advertencia de un chaval que quería grabar con su móvil y al que tus gritos y movimientos le estorbaban.

Si eso es rock & roll, que se muera de una vez por todas.

¿Dónde quedaron el hermanamiento y el espíritu de grupo que surgían en los conciertos? Cuando alguien te daba accidentalmente y os mirabais, sonreíais y acababais agarrados disfrutando de la canción. Cuando nadie se molestaba por unas gotas de cerveza o por el humo del tabaco. Nadie busca que las drogas sigan siendo necesarias para una buena fiesta, pero creo que, en el camino de ser mejores, nos hemos vuelto gilipollas. Capullos de campeonato que tienen la piel tan fina que no soporta ni un mísero roce.

En fin, el Loco comenzó su espectáculo con En las calles de Madrid y, al escuchar el verso “cuando la locura ha vencido a la vejez”, no pude evitar pensar que la rutina y el envejecimiento social han podido con la transgresión y la falta de inhibición eterna que prometía el rock.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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