Esta semana se está celebrando el cincuenta aniversario de la muerte de Franco, el caudillo que mantuvo un régimen dictatorial durante cuarenta años en España. Y es trágico pensar que, a estas alturas, exista un discurso negacionista que esté calando en la sociedad española, aunque no sea sorprendente. Me vienen a la mente los días de conmemoración a los veteranos y caídos en las grandes guerras mundiales. Son fechas señaladas y muy importantes para las naciones que participaron en los traumáticos conflictos bélicos, cuyo objetivo original —además de honrar a los fallecidos— era recordar que aquello no podía volver a repetirse. Sin embargo, acabaron convirtiéndose en herramientas propagandísticas para fomentar el alistamiento y concienciar de que cada generación tenía su propia guerra. Por eso, si bien no me impresiona, sí me asusta que medio siglo después de la desaparición del generalísimo exista tanta gente que, en vez de acoger la democracia, quiera volver a un sistema autoritario.

Según la encuesta monográfica del instituto 40dB para EL PAÍS y la Cadena SER, una cuarta parte de la sociedad ve con buenos ojos, o le da exactamente igual, un régimen autocrático. Una cifra alarmante y, al mismo tiempo, significativa, porque es especialmente relevante el peso del grupo social más joven en este pensamiento. Puede que tenga que ver con la escasa educación impartida al respecto —por miedos o intereses— y con la frecuente mala memoria del ser humano, que esta vez no ha tenido freno. No quiero buscarle un sentido —ejercicio que, en teoría, debería realizar cualquier sociedad avanzada para encontrar una solución—; lo que deseo es mostrar mi rechazo a los pensamientos tiránicos en defensa de la libertad individual.

Es comprensible que, en los últimos años de la niñez y los primeros de la adultez, surja una oposición frontal generalizada a todo lo establecido; empezando por los padres y terminando por las ideas imperantes del momento. No es casual: es un hecho probado. Todos la hemos experimentado. Es un comportamiento natural y necesario que, como todo en la vida, tiene connotaciones positivas y negativas. Los beneficios están claros: el inconformismo y el desafío son ingredientes fundamentales para que el motor del progreso continúe. Lo desfavorable: que las ideas más transgresoras sean también las más anticuadas.

Entiendo perfectamente el hartazgo ante un sistema que ofrece pocas oportunidades para prosperar. Créame usted, experimento muchos de los males que azotan a nuestra generación. A pesar de ello, dejarse llevar por movimientos —estratégicamente orquestados por grupos de presión populistas— que impulsan entregar libertades a cambio de “experimentar un cambio” que supuestamente mejoraría la situación me parece de completos imbéciles. ¿En qué medida es preferible cambiar a un tirano por otro peor? También entiendo la superioridad moral que ha imperado en los últimos tiempos y la censura que esta provoca. Pero ojo: censura social —muy dañina igualmente—, no jurídica, con penas de prisión o de muerte. Soy el primero al que han tildado de facha o de rojo por no opinar lo mismo, pero al denunciarlo no han corrido peligro ni mi vida ni mi libertad. Conviene recordarlo: las autocracias no permiten la independencia y la contestan con represión dura. Me doy cuenta, además, de que quienes dirigen ahora el cotarro parecen estar protegidos por algún paraguas de estancamiento, donde se suceden una y otra vez perversiones y negligencias profesionales sin que les afecte. Esto sobrecarga a cualquiera, pero nunca debería ser un reclamo para volver al medievo o al bolchevismo.

En resumidas cuentas, hay que desconfiar siempre de quien ostente el poder, sea de los tuyos o no. Hay que fomentar la rotación de colores y la práctica de políticas que unifiquen y no que enfrenten. Pero las heridas abiertas entre las dos Españas pervierten nuestro presente, obligándonos a elegir bando, legitimando al propio y odiando al contrario. Decir que absolutamente todo en la Segunda República fue perfecto es tan absurdo como afirmar que la soberanía de Franco fue enriquecedora para el país. Sin embargo, no se puede olvidar que fue un movimiento armado el que se sublevó contra un Estado democrático, imperfecto o no. Es como si, en un hipotético futuro, se relatara que se cambió la democracia actual por una dictadura debido a los casos repetidos de corrupción en todos los partidos políticos que gobiernan. Afirmaciones igual de absurdas sobre la dictadura franquista se han oído en boca de personajes que fueron representantes políticos, como Esperanza Aguirre. Hay que tener cuidado con este tipo de rufianes, para que no nos contagien con la idea de que la única forma de cambiar un sistema y a sus integrantes es darle las llaves al lobo feroz. Por encima de mi libertad.

2 Responses

  1. Amén, amén y amén.
    Que dios nos proteja de los salvadores de la patria, sean del color q sean. Que dios nos proteja de los populismos, sean del color q sean.
    Ojalá que el sentido común, el interés por sumar, por integrar al otro, aunque piense distinto, el empeño por defender los derechos de todos….en resumen, OJALÁ volvamos a unir fuerzas para seguir adelante construyendo una democracia de calidad.
    Amén

  2. Más razón que un santo. En mi humilde opinión, la falta de información junto con las pocas ganas de informarse hacen un buen caldo de cultivo para el populismo.

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