Subiendo la avenida de la Albufera junto al resto de corredores de la San Silvestre Vallecana, tuve la sensación de estar ya en la fatídica cuesta de enero. Quizá por eso dejan para el final la única pendiente del recorrido de la carrera más emblemática para despedir el año; o quizá acudí a este evento sin el entrenamiento adecuado. En cualquier caso, la cuesta se me hizo eterna. Normalmente, sumo al menos tres meses de preparación previa, pero esta vez, entre unas cosas y otras, no he salido a correr lo suficiente. Del mismo modo, tampoco me he planteado los típicos propósitos de Año Nuevo.

¿Por qué diablos hacemos tal sinsentido? Es como ponernos piedras a nosotros mismos, marcándonos metas que nunca cumpliremos y ahondando aún más en el sentimiento de desánimo que trae por sí sola la resaca de las fiestas. Lo expreso así porque nunca he conseguido alcanzar ninguno, ni tampoco he conocido a nadie capaz de hacerlo; si es su caso, le felicito con la misma intensidad con la que le envidio.

Por supuesto que creo en el valor de los propósitos: sin ellos no llegaríamos muy lejos. Todos necesitamos un horizonte que perseguir, algo que nos permita desarrollarnos, tener entre manos cada día y acostarnos realizados. En cambio, los impuestos por la sociedad a comienzos de enero no tienen ningún sentido, salvo el de sabotearnos. Los objetivos forzados están condenados al fracaso: o nacen de un compromiso férreo y personal, o acaban recordándonos nuestra impotencia ante un mundo hostil y cruel.

Soy consciente de que esta línea de pensamiento va en contra de todos los artículos que pueden encontrarse estos días en cualquier medio, aconsejando las mejores estrategias, recursos y apoyos para aumentar las posibilidades de éxito en tus metas. A pesar de ello, continúo opinando que son una estupidez y que, en muchos casos, los propósitos son los mismos año tras año, repetidos por pura inercia.

Hace bastante tiempo que dejé atrás la etapa estudiantil y, sin embargo, sigo marcado por el calendario escolar. Para mí tiene más lógica que los años terminen en agosto y comiencen en septiembre; de ahí que lo que me propongo en esas fechas suela cumplirlo con mayor facilidad. Es evidente que uno sale del verano con las pilas más recargadas que de las Navidades, una temporada frenética repleta de eventos y excesos. Así pues, relajémonos y tomémonos el inicio de 2026 con más calma. Ya habrá tiempo de plantearse mejoras. Aceptemos esos kilitos de más, desabrochémonos el botón del pantalón y disfrutemos de otro trozo de turrón.

Aunque no le parezca verídico, esta reflexión la tuve durante aquella subida. Me dio tiempo, ya que reduje considerablemente el ritmo con la intención de bajar las pulsaciones. No tengo claro si fue fruto del agotamiento o si realmente confío en mis conclusiones. Lo que sí sé es que quiero llegar a la próxima San Silvestre con mejor estado de forma.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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