Los brillos del sol iluminaban a las grúas y a los operarios que desmantelaban los adornos navideños de la ciudad. Madrid amanecía fría y abarrotada. Era el primer día de las rebajas de enero y las tiendas se colmaban de colas para aprovechar los descuentos y descambiar regalos. Ni la gélida temperatura ni el bullicio me desanimaron a disfrutar de mi plan: había decidido regalarme el día con un programa que incluía compras y ocio. El catálogo de ofertas que ofrecían los establecimientos no fue de mi agrado; aun así, caí en la trampa y terminé llevándome dos prendas y dos libros.
El paseo matutino llegó a su fin en un bar de tapas, donde recuperé fuerzas con una caña y un pincho. Igual que después de la una vienen las dos, tras el aperitivo llegó el turno de la comida. Opté por el menú del día del restaurante Ginger, en la Plaza del Ángel. Me sentaron junto a la ventana, en una mesa con mantel blanco y cubertería moderna. A mi lado había un caballero elegante, bien vestido, que hablaba en un exquisito inglés. Ambos estábamos solos, deleitándonos con cada plato que nos servían. El detalle que hace que me acuerde perfectamente de él fue que, sin perder una pizca de clase, se pasó todo el almuerzo tirándose pedos sin el menor disimulo. Al contrario de lo que uno podría pensar, aquello le otorgaba una imagen cálida y amigable.
Con el buche lleno, anduve por las calles del centro hasta que la tensión de mis botas reclamó descanso. Entré en un bar que suelo frecuentar en la calle de Santa Isabel y pedí un doble. Cayeron dos mientras terminaba la novela de Dashiell Hammett, El hombre delgado. Antes de salir o pedirme una cerveza más, consulté la cartelera del cine Ideal y adquirí una entrada para Padre, madre, hermana, hermano, la última película de Jim Jarmusch. Como el resto de la filmografía del director estadounidense, la cinta despliega un humor irónico dentro de un retrato encantador y delicadamente hermoso.
Disfrutaba de un cigarrillo en la puerta del cine cuando vi pasar a una mujer en una bicicleta pública de BiciMAD que captó por completo mi atención. Aparcó en la plaza de Jacinto Benavente y recorrió el paseo hasta mi posición sin apartar la mirada. Era mayor que yo, llena de belleza y estilo. Me sonrió y entró primero al cine. Una vez en la sala descubrí que todos los presentes habíamos acudido solos, pero nos habían colocado juntos en las mismas dos filas. En la butaca contigua a la mía estaba la mujer que me había sonreído minutos antes. Mientras esperaba a que apagasen las luces, me dio tiempo a reflexionar sobre si la película que había escogido funcionaba como imán para solitarios o si lo hacía el propio cine. Concluí que era una mezcla de ambos, ya que resulta mucho más discreto sumergirse en estas salas que en las de los centros comerciales, con grandes espacios y películas para toda la familia.
Al salir, paseé de nuevo con una sonrisa en el rostro. El día había sido todo un éxito, e imaginé que no me costaría acostumbrarme a repetir el plan con cierta frecuencia.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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Parece que lo has disfrutado!!!