El otro día me acordé de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, una obra que no he vuelto a leer desde el instituto y que, sin embargo, vino a mi memoria tras una noche llena de sueños muy interesantes. El escritor español reflexionó sobre la libertad frente al destino y dejó para la posteridad un monólogo inolvidable: “que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

No es de extrañar que me viniera a la mente esa célebre frase después de haber transitado, en una sola noche, por distintos escenarios que podrían conformar toda una vida. Pasé por la inseguridad y la inocencia de un niño, y más adelante por las de un adolescente. Viví los celos y el abandono. Experimenté el amor y el gozo. Redescubrí el sexo, primero como juego y después como medio para trascender. Amé y gané, amé y perdí. Todo en la misma noche. Y, aun así, el recuerdo onírico que más ha permanecido en mi conciencia ha sido la visión de mí mismo, veinte años más viejo, leyendo fragmentos de mis escritos —poemas y reflexiones— ante un público que abarrotaba las butacas de un teatro completamente a oscuras.

Naturalmente, me pregunté si había tenido un sueño premonitorio y recé para que así fuese. No estaría nada mal vivir algo así. Por otra parte, quise detenerme con mayor detalle en lo que había visto. Las preguntas que me hacía la gente eran muy interesantes y, para mi sorpresa, mis respuestas parecían estar a la altura de lo que se requería. Recuerdo una en especial, particularmente relevante, en la que una voz entre el público cuestionaba si era necesario someterse al sufrimiento para poder crear algo verdaderamente hermoso y potente. Ya de entrada me pareció una pregunta muy estimulante para salir de mi propio subconsciente.

Mi versión más vieja se tomó un momento antes de responder y luego dijo algo parecido a lo siguiente:

—No —hubo risas en la sala—. El sufrimiento es voluntario; el dolor no. Y del dolor no se puede escapar: tarde o temprano acaba por encontrarte. El sufrimiento, al ser una elección, hurga y se recrea en el dolor, y de ahí poco más vas a conseguir sacar. El dolor, en cambio, una vez atraviesas el proceso de aceptarlo, puedes enfrentarlo y, dependiendo de tu enfoque, descubrir en él un resplandor que no solo llegue a reconfortarte, sino que quizá acabe otorgándole sentido a todo.

—¿Usted lo hizo? —preguntó otra voz desde la penumbra.

—No quedó más cojones —más risas—. Es un compromiso personal, porque si me despisto acabo viendo el vaso medio vacío. Además, ¿qué sentido tiene vivir siempre en el placer? Sería vivir solo a medias. Sin la oscuridad, nos perderíamos las estrellas.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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