Cuando regresé a mi casa el sábado, tras haber pasado la noche del viernes fuera, me encontré con una alarma sonando en el interior del piso. Era la nevera, y debió de haberles dado bastante el coñazo a los vecinos, porque los alimentos ya estaban medio descongelados y templados. Me imagino, por tanto, que llevaría más de un día pitando. Una situación tan democrática —la hemos vivido, la estamos viviendo o la viviremos todos— como farragosa. Lo primero que hice fue acudir a familiares para que participasen en la misión de rescate de la comida, dejándoles hueco en sus frigoríficos. Una vez realizada la limpieza, tocó activar la parte del protocolo de avisar al casero, quien me dijo que no llegaría la nueva nevera hasta el jueves. En consecuencia, me esperaban por delante unos cuantos días sin una herramienta clave para subsistir.

Para empezar, decidí tomármelo como un juego de fortalecimiento en el que me demostraría la autonomía y capacitación que tengo para hacer frente a cualquier adversidad. Sin embargo, me descubrí cenando en casa de mamá y comiendo sobras en la oficina. Todo un hombre autosuficiente. No cabe duda de que existen innumerables negocios de platos preparados —muchos de ellos con servicio a domicilio— y un montón de soluciones para no morir de hambre, pero lo que me interesaba aquí era observar cómo un solo dispositivo pudo alterar tanto mi rutina y cuántos de este estilo conforman ahora mi vida.

Sentado en mi sofá, recordé el reciente apagón general que sufrimos en la península el pasado abril. La cosa quedó en algo anecdótico, pero también en la certeza de que, si hubiese durado más, habría sido una catástrofe. No hace falta irse a los extremos para comprender lo dependientes que somos de una única fuente de energía; basta con ver lo que necesitamos de las tecnologías simplemente para aguantar. Si quisiese hacer una gestión común con mi banco, ¿podría hacerlo sin un smartphone o un ordenador? ¿O entrar en un proceso de selección para un trabajo? ¿O pedir cita médica? Seguramente exista algún mecanismo para poder resolverlo —especialmente viviendo en Madrid—, o debería existir, porque ni la Constitución ni la ley establecen una obligación absoluta de tramitarlo digitalmente. Aun así, considero que existe una brecha digital importante, dado que no todos los ciudadanos tienen acceso o competencia para usar dispositivos electrónicos. ¿Por qué una persona mayor, que nunca ha necesitado ni querido recurrir a estas tecnologías, se ve obligada a aislarse más en un mundo que no comprende?

Siguiendo con este hilo de pensamientos, llegué a reflexionar sobre la expansión del pago con tarjeta en detrimento del efectivo, y sobre la propuesta europea del euro digital. Esta moneda puede parecer, a primera vista, una evolución lógica del dinero en una era cada vez más digital; pero, detrás del discurso, hay riesgos profundos y estructurales que no se pueden subestimar: la posibilidad de vigilancia masiva, la erosión de la privacidad individual, la centralización del poder monetario, la exposición al cibercrimen y la ya mencionada brecha digital, que dejaría atrás a los más vulnerables. Estos peligros van más allá de la eficiencia: hablamos de la libertad individual, de los derechos financieros y del equilibrio de poder entre los ciudadanos y las instituciones. Deberíamos exigir mecanismos robustos, y no solo promesas, para proteger nuestra privacidad.

Tras estas consideraciones, me incorporé del sofá y miré con recelo a la nueva nevera. Agarré la cazadora y salí a la calle para comprar alimentos no perecederos y sacar dinero en efectivo.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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