Al margen de que estemos atravesando el tiempo litúrgico de la Cuaresma —de cuya tradición solo me convence el potaje de vigilia—, el pasado lunes ayuné el día entero; es decir, desde la cena del domingo hasta el desayuno del martes no comí nada en absoluto. Hacía mucho que no lo hacía, y no es el periodo más largo que he logrado sin ingerir alimento alguno. En una ocasión conseguí aguantar más de cinco días a base de café y caldo de huesos. Como en esta ocasión no había ningún reto u objetivo, me quedé más que satisfecho con un solo día. Por lo demás, lo llevé estupendamente e incluso fui al gimnasio dos veces durante el periodo de abstinencia.

Y, quiera la casualidad o mi sesgo de atención selectiva, esta semana he leído y escuchado un variopinto abanico de posiciones sobre el ayuno. Daba igual la postura enfrentada: todos eran renombrados profesionales o expertos en el área. Del mismo modo, presentaban siempre como base de su veracidad los famosos estudios científicos. Hoy por hoy, resulta imprescindible ampararse en estos papers para conseguir reconocimiento. Entonces, la duda que me surge es: ¿a quién debe uno hacer caso? Podría empezar diferenciando entre tipos de estudios, ya que no tienen el mismo peso ni el mismo nivel de evidencia los observacionales y los experimentales. También convendría prestar especial atención a las fuentes que los financian, no porque manipulen directamente los resultados, sino porque pueden influir en lo que se investiga o se publica. Y, pese a todo esto, seguiría teniendo a dos bandos con respaldos aparentemente igualados.

En el caso de la nutrición, estamos ante un laboratorio infinito de estudios contradictorios. Situaciones como la de las grasas y el colesterol —donde recientemente se ha empezado a cuestionar la relación directa debido a la simplificación del modelo original—, o el debate sobre si la carne roja provoca cáncer —cuando la evidencia no es sólida al tratarse de correlaciones—, no han evitado generar alarma social. No estoy diciendo que todo sea mentira o todo sea verdad; simplemente que el debate acaba convertido en dogma público por uno u otro lado.

Dicho esto, lo que sí puedo hacer es diferenciar entre ciencia y cientificismo; detectar la figura del «experto mediático» que utiliza la ciencia como dogma y no como método. Aborrecer al charlatán de barra de bar y escuchar más al instinto —que no ejerce la autoridad que quizá debería—. Tal vez las prácticas llevadas a cabo durante siglos en distintos lugares y culturas nos digan más que un paper. Y sí, me refiero al ayuno, aunque probablemente yo mismo esté cayendo en el dogmatismo al declarar que «si se hacía desde siempre, por algo será».

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *