En un momento repleto de opiniones atosigadoras de unos y otros, vengo a sumarme al jolgorio. Escupiré mi postura lo más rápido posible, considerando que el tema en cuestión no merece cambiar mis planes del sábado. Por supuesto, me refiero a la polémica de la semana entre David Uclés y Arturo Pérez-Reverte.
Desde mi punto de vista, la cosa parece un plan mediático orquestado para armar ruido. Siguiendo el hilo de los acontecimientos, uno no se sorprende al comprobar que encaja perfectamente con una estrategia premeditada y diseñada para crear alboroto. Ahora bien, como mi propósito no es posicionarme en un bando u otro ni aprovechar la ocasión para arremeter contra mis supuestos enemigos —de eso ya se encarga todo quisqui—, voy a pensar que la actuación de David Uclés ha sido genuina y sin malicia. Partiendo de esta premisa, considero que ha sido una decisión desacertada renunciar a su participación en las jornadas sobre la Guerra Civil, y mucho más el modo en el que lo anunció. Naturalmente, tiene todo el derecho a hacer lo que le venga en gana; hasta ahí podríamos llegar. Sin embargo, no se puede minimizar el impacto que ha tenido, en vista de que ha provocado un terremoto con consecuencias evidentes, como la cancelación de las jornadas.
Continuando con la hipótesis, me da la sensación de que el polémico escritor andaluz se ha dejado engatusar por presiones interesadas en denigrar a unos objetivos claros, porque la acción, camuflada de movimiento moral, no deja de ser una postura extremista. Si la única forma de defender unas ideas consiste en suprimir a las otras, no podemos hablar de actos democráticos, sino de instrumentos de opresión. Cuántos movimientos, protegidos por la convicción de poseer la única verdad, han masacrado y cometido atrocidades contra el resto de corrientes.
Tiene más injuria que todo esto haya ocurrido alrededor de la celebración de un foro sobre la Guerra Civil. Podría entrar en el debate de si era acertado o no el título del evento —que, por supuesto, daría para analizarlo largo y tendido—, pero no se me podrá señalar que no sea un reflejo de los tiempos tan polarizados que vivimos. Qué mejor encuentro para defender y atacar posiciones ideológicas distintas que uno donde te dan voz y tiempo. En cambio, parece que hay mayor interés por mantener la brecha bien abierta y delimitada.
Está claro que hubo un bando vencedor y otro perdedor en la contienda, y decir que todos fueron perdedores no hace más que acrecentar el dolor de unos y el orgullo de otros. Entiendo el sentido filosófico de que en una guerra solo hay perdedores; sin embargo, no creo que estemos en el mejor momento social para estudiarlo desde esta disciplina racional. Para cerrar heridas es imperativo reparar sufrimientos y practicar el perdón, y esto pasa por medidas que no se están llevando a cabo para devolver la dignidad a los vencidos. Resulta llamativo que, desde la posición más interesada en que esto se produzca, estén más preocupados por mantener la herida abierta, como si su identidad dependiese del rencor. Se nos olvida que los conflictos surgen de la incapacidad de las personas para convivir con quienes piensan diferente. Si yo soy capaz de sentarme en la oficina y en la vida con individuos que detesto, qué mejor oportunidad la de Uclés para demostrarnos públicamente que es posible, y que hacerlo no implica avalar el pensamiento opuesto.
En un mundo donde se abandona el diálogo y se descarta la palabra como arma, las únicas que sirven provocan mucho más daño y sangre. Peligroso preámbulo el que estamos atravesando, donde el único lugar en el que se quiere ver al adversario es en el campo de batalla.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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