Resulta difícil esquivar la idea de que todo el mundo está loco por estallar en mil conflictos. Solo hace falta abrir cualquier medio y encontrarse disputas allá donde mires. Además, es llamativo que lo que antes era un popurrí de colores y pensamientos se haya aglutinado en dos bandos bien enfrentados. Hubo un momento en el que la rebeldía era incómoda; hoy es reconocible, lleva uniforme ideológico y repite consignas. Parece que haya que elegir entre uno de los dos packs y tuitear desde ahí. Patético.

Es natural que el ser humano busque optimizarlo todo; el peligro, desde mi juicio, es caer en la simplificación brutal del discurso: o estás conmigo o estás contra mí. No hay matices, no hay duda, no hay pensamiento. De esta manera se crea una sociedad contenta de sí misma, con pocas ganas de analizarse y tomarse menos en serio. Asimismo, cuando su mirada no se enfoca hacia dentro, necesita una perspectiva externa para realizarse; esto es, definirse a partir del extremo diferente, ser antagonista de uno y parte del otro.

Imagino que el sistema —como parte inherente de este mundo— tiende hacia el equilibrio; por eso, en momentos tan radicales, es natural que surjan con más ahínco fuerzas equidistantes que desestabilicen los bordes. Es necesario no posicionarse, que no es lo mismo que una neutralidad cómoda: es arriesgarse a que te disparen desde ambos lados. Quedarse fuera del juego conlleva no recibir aplausos ni tener una tribu que sume felicitaciones fáciles. Hoy por hoy, no elegir bando es la forma más rápida de quedarse solo. Y por eso, la más rebelde. Los extremos no quieren rebeldes: quieren soldados. Tocarle las narices a ambos lados es la prueba de que estás pensando. Considerémoslo así: necesitamos más insurgentes para que el circo no acabe descarrilándose.

La cultura siempre ha sido rompedora, pero ahora debe serlo más. Reivindicarla es robársela al extremismo, que utiliza la ignorancia como combustible. Y ojo: formarse por formarse no es peligroso; para ser inmune a los eslóganes hay que leer, estudiar y escuchar ideas que incomodan, historias pasadas que quizá no tengan un propósito o una salida productiva evidente. Consumir productos, títulos académicos y libros diseñados para crear identidades simples solo acaba construyendo ciudadanos enfadados y listos para unirse al club ideológico que toque.

Olvidemos el manual de instrucciones y el merchandising, caguémonos en la productividad y abramos un libro que no sea de desarrollo personal. La imagen de una persona leyendo, dudando y pensando mientras el mundo exhibe sus consignas es mucho más transgresora que las pancartas de una manifestación. Tal vez la rebeldía de estos tiempos consista en pensar despacio en un mundo que te quiere rápido y cabreado.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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