Nos encontramos en esas fechas tan señaladas para celebrar con los nuestros, los suyos y los del resto una festividad tan luminosa como cara. Se podría estimar que una persona en España asiste de media a entre cinco y ocho compromisos sociales durante el periodo navideño. Por supuesto, esto varía mucho dependiendo de lo involucrada que esté en las festividades familiares, sociales y profesionales, pero creo que es un buen punto de partida. El pasado viernes salía de uno de estos encuentros cuando experimenté uno de los impactos más latosos que provocan estas reuniones: no poder llegar a casa.

La alta demanda de usuarios había colapsado las aplicaciones de VTC y taxi, dejándonos a multitud de clientes sin posibilidad de regresar en las primeras horas de la madrugada. En mi caso, aunque el cansancio acuciante demandaba cama, decidí tomármelo con filosofía. Aproveché para escuchar música, acabar con el resto del paquete de cigarrillos, esperar y pasear por un Madrid bonito e inusualmente poco frío para diciembre. A la altura de Alonso Martínez, donde comienza la calle Génova, me paré a observar lo que allí sucedía. Un señor con pinta de caballero inglés impedía que otro —de aire más castizo— abriese la puerta de un taxi con la luz verde. Discutían sobre cuál de los dos lo había visto antes: uno con la mano en la maneta y el otro con la rodilla en la puerta, entorpeciendo la apertura. Estuvieron así varios minutos; incluso el taxista se sumó a la bronca para que se metiese ya uno. No fue hasta que la mujer del primero intervino para apartarle la pierna del vehículo cuando consiguieron zanjar la polémica.

Bajando la calle, las escenas se repetían: intercambio de insultos, carreras en tacones para pillar el taxi que se estaba quedando libre enfrente, viandantes ocupando el carril derecho para ser los primeros en parar un coche y lanzar improperios a los que no se detenían. Todo un espectáculo de la condición humana, independientemente de la clase social, ya que todos los mencionados vestían acordes al barrio madrileño que ocupábamos. Una vez en Colón, me puse en la cola de una parada de taxis cuando escuché a la pareja que tenía delante: ella le explicaba a él la estrategia para meterse en el siguiente que apareciese, al margen de todas las personas que tenían antes. Ante la indudable trifulca que se avecinaba, opté por seguir caminando.

Diez minutos después, en las puertas del Museo Arqueológico, logré parar un taxi. Observando las calles a través de la ventanilla del asiento trasero, comencé a sopesar la conveniencia de los compromisos sociales. Deberían ser una ocasión para quitarnos la careta del día a día y relacionarnos en un ambiente más relajado y distendido; sin embargo, visto el percal, parece que nos irritan tanto como para reaccionar ante la ausencia de transporte del mismo modo que si estuviésemos en la guerra de Vietnam. Tal vez estas quedadas deberían desligarse de la obligación y celebrarse solo si el grupo quiere verdaderamente reunirse. Evitar situaciones desagradables, como ver a tus responsables con un colocón del quince intentando encadenar dos pasos de baile, o ser tú mismo quien cae en la trampa de la barra libre. Aguantar los chascarrillos, los gestos o, simplemente, la presencia de alguien que no soportas puede acabar con la paciencia de cualquiera, y no digamos si tienes que hacerlo en repetidas ocasiones en menos de un mes. No me extraña que acabemos tirándonos de los pelos por llegar a casa cuanto antes.

En conclusión, toda esta historia y la retahíla de pensamientos que le siguieron no hicieron más que confirmar una decisión que ya llevaba días rumiando: este año no voy a ir a uno o dos compromisos navideños. No por rebeldía ni por falta de espíritu festivo, sino por simple supervivencia emocional. Porque si una celebración te deja más agotado, irritable y miserable que el resto del año, quizá no sea una tradición: quizá sea una trampa.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response

  1. Un interesante análisis, sin mencionar que muchos de estos compromisos sociales son solo eso: Compromisos. ¿Y por qué no liberarnos de una vez por todas y quedar cuándo y con quien queramos sin esta dictadura de los compromisos? No hace falta que sea navidad para quedar con quien realmente nos apetece, no hace falta que sea navidad para mostrarnos amables con todos los que nos rodean….

    Quizás tengas razón y lo que llamamos tradición no es sino una TRAMPA.

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