Recuerdo perfectamente el momento en el que se rompió la ilusión. Tenía seis o siete años —reflejo de la buena memoria selectiva que tengo— e iba en la parte trasera del coche de mis padres. Conducíamos de vuelta tras visitar las luces del centro de Madrid y pasar un día completamente navideño. Mi hermano pequeño dormía agotado en su sillita, mientras yo intentaba llenarme de valor para realizar la temida pregunta. La duda llevaba conmigo desde el verano de ese mismo año, cuando mi prima mayor, en un arrebato de ira por una bronca con mi familia, me desveló la verdadera identidad de los Reyes Magos. De Oriente, precisamente, no eran. Lógicamente acudí a mis padres de inmediato para que me dijesen que no era cierto —otra bronca se ganó aquel día mi prima—, pero estaba claro que algo de inquietud germinó entonces.

Poco a poco y sin mi consentimiento, las reflexiones de mi incipiente cerebro analítico se colaban en mi pensamiento. Todo quedaba en entredicho; lo que antes aceptaba sin vacilación se examinaba ahora desde diferentes ángulos. No había escapatoria: necesitaba la confirmación de las personas más importantes, tanto por su posición como por su implicación directa en la cuestión.

—Mamá, ¿los Reyes existen?
—¿Está tu hermano dormido? —preguntó dulcemente y en voz baja.

Miré de nuevo la imagen tan pacífica que desprendía, recostado en la ventanilla, y le contesté que sí. Me pidió que me acercase todo lo posible a ella y me cogió de la mano.

—No, cariño, somos nosotros.

Solo se me humedecieron un poco los ojos. No hubo lágrimas deslizándose por mis mejillas ni mayores dramas. Sentí un vacío en el estómago. De algún modo, era consciente de que no había vuelta atrás; lo que había percibido y experimentado hasta entonces nunca más volvería. Observando las luces y la decoración que embellecían las calles por las que pasábamos, tomé una decisión: por mis narices que las Navidades seguirían siendo mi época favorita. Ya podría saber el embuste más gordo que lo envolvía todo, que yo conseguiría mantener la ilusión para celebrarlas como siempre.

No ocurrió exactamente así. Simplemente cambió la forma de experimentarlas, porque mi modo de interpretarlas también cambió. Por supuesto que las viví con entusiasmo y continuaron siendo mi época favorita del año, pero, de algún modo, resultaban artificiales. Todo se generaba a partir de un empeño y un compromiso, no de algo genuinamente puro como lo que siente un niño. Me estaba volviendo mayor y, en ese proceso, comenzó el conflicto entre razón y emoción; magia y terrenalidad; brillo y opacidad. Cuanto más compleja se volvía la vida, más intensidad les daba a estas fechas, sin darme cuenta de que las cargaba con expectativas cada vez más difíciles de alcanzar.

Ahora, estas imágenes aparecen en mi mente por un motivo: creo que ya no está esa ilusión que creé hace tanto tiempo en la parte de atrás del coche de mis padres. Ha habido toda clase de Navidades que me he encargado de inflar como he podido, pero este año me he descubierto sin intención de hacerlo. No por fuerza mayor, desgaste u hastío, sino porque he ido mejorando en el poder de aceptación. He hurgado en pequeños y grandes conflictos que han ido condicionando mi camino. Puede que me esté haciendo todavía más mayor y que con ello lleguen momentos más cínicos y fríos; pero, si me pregunta, le diré que estoy más cerca de la ilusión infantil que antes. Porque ya no presiono tanto las cosas ni las lleno de circunstancias estrictas. Sin forzar el resultado, me he dado cuenta de que estoy más abierto a que cualquier detalle me impresione, desligándome así de la obligatoriedad de vincularlo a una imagen previamente creada. Es así como se vive la infancia: dejándote deslumbrar por lo que te rodea, sin analizarlo hasta límites dañinos. Si me pregunta, le diré que la magia va ganando.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

One response

  1. Enhorabuena!! Te felicito. Has conseguido lo que muchos, muriéndose de viejos ,no consiguen nunca: dejarte deslumbrar por lo que te rodea….sin análisis inútiles, solo dejando que las emociones más profundas afloren sin juicios ni obligaciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *