Caminando bajo la lluvia que azota las calles de Madrid desde hace más de un mes, me sumergí en la conversación que había mantenido ese mismo día. Tuve una charla con un amigo en la que salió a colación la deriva que habían experimentado las generaciones posteriores a la suya. Sobra decir que es un discurso frecuente entre quienes van sumando años y ven cómo sus cimientos cambian, casi siempre interpretándolo como un aspecto negativo.
Independientemente de que yo sea más joven que mi querido amigo, no comparto su visión pesimista. Soy consciente de que el ser humano es una criatura nostálgica, atada a la controvertida afirmación de que «cualquier tiempo pasado fue mejor»; pero esto se debe a distintos fenómenos psicológicos que nos han permitido sobrevivir: la memoria selectiva, la necesidad de construir una identidad y, quizá el más importante, el hecho de que el presente siempre implica incertidumbre.
Todos tenemos tiempos mejores y tiempos peores. Indudablemente, la generación de mi amigo tuvo cosas preferibles a las siguientes, y viceversa. Lo inteligente aquí —según mi criterio— sería examinar qué cosas merecería la pena conservar, cuáles desechar y cuáles se podrían reincorporar. Me resultó sencillo hallar un aspecto que deberíamos recuperar, pues fue uno de los argumentos que utilizó mi colega para defender su postura.
Me explicaba que pertenecía a una generación impulsada por la educación pública, que permitió a muchos reducir la brecha de clases que imperaba en la sociedad. Fue posible gracias al esfuerzo de muchos y, según él, a la necesidad por parte de sus padres de que la cultura ocupase un lugar importante en los hogares. Eran autodidactas, leían el periódico todos los días, se hacían con libros cuando podían para alimentar sus bibliotecas y cubrían las estanterías de sus salones con distintos volúmenes de enciclopedias. No querían que se les tachase de analfabetos; querían demostrar su valor y que sus hijos dispusieran de toda la cultura posible.
Hoy, sin embargo, parece haber desaparecido ese espíritu. Resulta contradictorio, pues disponemos de muchos más recursos y medios para acceder al conocimiento y, sin embargo, hacemos menos uso de él. Tendrá razón el refrán: «lo poco gusta y lo mucho cansa». La inagotable disponibilidad de datos nos ha llevado a utilizar nuestra mejor herramienta para generar contenidos de entretenimiento.
Ojo: consumir buen entretenimiento —ya sea en novelas, cuentos, radio, cine o series— puede hacernos pensar y traspasar la barrera del mero divertimento para enriquecernos. Ahora bien, el contenido que más prolifera carece de ese componente mágico que nos eleva como personas. Su único propósito es ganar en la competición de pasatiempos, cumplir todas las reglas que permitan captar nuestra atención sin tener en cuenta el fondo.
En consecuencia, quizá deberíamos volver a preocuparnos por desarrollarnos intelectualmente. Que nos avergonzara asumir ciertas carencias, como si nos fueran a dar una medalla por reconocer que no leemos. O, mejor aún, en lugar de preocuparnos por no expresarnos bien o por no saber todo lo que nos gustaría, ocuparnos en enriquecernos y ser humildemente conscientes de que hemos hecho lo que hemos podido con lo que estaba en nuestras manos.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response
Estoy con tu amigo. Antes nos esforzábamos por aprender, aunque en muchas ocasiones eso requería un gran esfuerzo (trabajar y estudiar al mismo tiempo era algo bastante habitual entre los jóvenes de mi generación). Teníamos la seguridad de que formarnos nos daría la oportunidad de vivir una vida mejor para nosotros mismos y todos aquellos que nos rodeaban.
Ahora, parece, que lo que impera es tener muchos seguidores en las redes y aumentar el número de likes con cada nueva publicación, y esto, en sí mismo no sería negativo si esas publicaciones añadieran valor a nuestras vidas, si esas publicaciones tuvieran contenidos que nos hicieran pensar, reflexionar…..pero me temo que no es así en la inmensa mayoría de los casos.
De cualquier manera, quiero ser optimista, sé que ahora sigue habiendo muchas personas interesadas en la cultura…aunque hacen «menos ruido» .
No perdamos la esperanza!!