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Hay películas que poseen sobre mí un gran poder: las hay que han conseguido infiltrarse en mi subconsciente y moldear mi carácter; otras suponen una fuente de felicidad inagotable; y también están las que consiguen hacerme reflexionar e incitarme a mejorar.

Comienzo así mi opinión porque durante esta semana he tenido recurrentemente en la cabeza la frase de una de mis películas favoritas, Casablanca: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. Y, aunque la oración lo deja muy claro, no ha sido el amor el motivo de haberme acordado de ella, sino la estremecedora sensación de que mis dilemas o dramas carezcan de todo sentido ante los últimos acontecimientos bélicos que azotan el mundo.

Enciendo la televisión y ya no discierno entre cine y realidad: imágenes de bombardeos y un mapa de un mundo cada vez más pequeño, que parecen sacadas de un archivo de hace tiempo. Abro X —anteriormente conocido como Twitter— y, bueno, ahí solo siguen apareciendo vídeos de gatos y los mismos influencers nacionales de siempre con la bronca política que toque esta semana. Y, al recibir bruscamente todos estos estímulos, me siento diminuto. Mis problemas no dejan de ser absurdos al lado de esta espiral conflictiva.

En otra época, la desesperación me habría deshecho como a un barco de papel en la corriente, pero —quiera mi trabajo personal sorprenderme— el golpe de realidad me ha hecho reaccionar de un modo muy distinto.

Llevo unas semanas experimentando una inquietud que he ido manifestando involuntariamente en acciones de mi día a día, como afeitarme la barba para dejar solo el bigote con una fina perilla —al más puro estilo mosquetero— o modificar rutinas y encuentros. Cualquier psicoanalista deduciría que son transformaciones externas para alinearlas con las mentales, respondiendo a un mecanismo de supervivencia psicológica. Bravo: habría acertado.

Sin que lo de afuera hubiese cambiado, mi mundo interno estaba en ebullición. Poco a poco, y al margen de lo estético, la vida comenzó también a variar y a ponerme en situaciones comprometidas, o al menos incómodas. El estrés provocaba una deuda de sueño imposible de pagar a tiempo y el cansancio —o, más bien, el hartazgo— no hacía más que generar contextos pesados.

Y ahí, justo ahí, en el clímax emocional, recibo el impacto que me obliga a confrontarlo todo. La visión de mi realidad se altera y comienzo a sentirme mejor. Adquiero de golpe una perspectiva sobre mi vida y veo que no está tan mal. ¡Qué demonios! Está muy bien.

La vida está llena de etapas, y las de evolución —aunque turbulentas— siempre son para mejor.

Confío en que no se tome este texto como un ejercicio frívolo. Tan solo es el reflejo de una actitud generada al reformular una famosa frase del cine:

El mundo se derrumba y yo preocupándome por estas chorradas”.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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