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«Estoy condenado», piensa Bunny Munro en un repentino momento de autoconciencia reservado para aquellos que están a punto de morir. Así escribía Nick Cave en su novela La muerte de Bunny Munro, cuya serie homónima he estado viendo estos últimos días. Matt Smith encarna a un protagonista profundamente problemático: adicto al sexo, narcisista e incapaz de asumir responsabilidades. Toda una pieza el amigo y, sin embargo, sumamente atractivo. No debo de haber sido el único en sentirlo así; tuvo que parecérselo también a Nick Cave cuando lo creó, y a los distintos personajes que acaban embelesados por sus dotes persuasivas. La fascinación que despierta no es sexual —o al menos no es la que me ha generado—. Bunny es un personaje simultáneamente repulsivo y humano, y eso resulta cautivador.

Imagino que no son buenos tiempos para los antihéroes. Vivimos en ciclos en los que a veces nos encantan unas cosas y luego nos enfadan; por eso, en esta época polarizada quizá no se premie la ambigüedad moral de personajes que mezclan afecto, egoísmo, culpa y deseo. Puede ser que los espectadores no quieran reconocer en ellos contradicciones que también existen en la vida real. Ya volverá el placer de la transgresión a su apogeo, o seguirá el presidente norteamericano eclipsando a las historias de ficción.

Sin embargo, creo que existe una admiración inherente por los rebeldes y los insurgentes. Nos encanta el chico malo porque no promete estabilidad: promete intensidad, y esta casi siempre gana. También porque representa la fantasía de libertad que la vida civilizada nos obliga a reprimir. Ahora bien, yo creo que, además, la figura del forajido resulta seductora porque no reniega de su oscuridad. Acepta y abraza la porción que nosotros muchas veces ni siquiera queremos admitir que tenemos. Nos dicen más sobre nosotros que sobre ellos, y es precisamente eso lo que los convierte en comunicadores poderosos.

Me viene a la memoria el legendario rockero y cantante Lemmy Kilmister, líder de Motörhead. Fue un tipo que atrapó a millones de personas, independientemente del gusto estético o musical. Su personalidad era tan magnética que me sirve de ejemplo para mostrar mi punto. En su funeral —al que asistieron multitud de famosos y que siguieron por YouTube más de 230.000 espectadores en directo— el líder de Twisted Sister, Dee Snider, contó una conversación con su mujer, en la que ella sostenía que Lemmy había sido un ángel:

—Dicen que envían ángeles a la Tierra para guiarnos a lo largo de nuestro camino. Escucha a cada uno de los que están hablando: a todos, Lemmy les tocó profundamente en sus vidas y les ayudó a ser mejores.

—¿Me estás diciendo que Dios bajó a un pirata motero, adicto a las drogas, el sexo y el rock & roll, para guiarme?

—¿Habrías escuchado a un tipo con pelo largo y túnica?

La anécdota, además de graciosa, no está exenta de ironía. Los antihéroes nos fascinan porque permiten experimentar, de una forma segura, el fracaso moral. Tal vez el éxito consista en algo muy simple: recordarnos que la frontera entre el bien y el desastre es mucho más frágil de lo que nos gustaría pensar.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response

  1. Muy interesante reflexión, y una interesantísima anécdota la que cuentas. Habrá que meditar en ello…
    ¡¡Enhorabuena!!

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