Los violines y las flautas que sonaban por mis auriculares contrastaban con el jaleo de las calles de Madrid un sábado por la tarde. El día había amanecido fresco y el ocaso se volvía templado. Suelto y risueño, caminaba bajo el hechizo de la música tradicional irlandesa que había escogido para la lista de reproducción. Tenía planes. Había quedado con unos amigos en la plaza de Jacinto Benavente, pero aún quedaba tiempo para pasear e incluso para tomar algo.

Entré en un bar concurrido, pero no atestado. Me senté en un taburete junto a un barril en la esquina del local y pedí una jarra de cerveza. A mi lado había una familia con niños pequeños. Si no eran mellizos, lo parecían. Pintaban en unos cuadernos de dibujo, aparentemente inmersos en su creatividad y ajenos a todo lo demás. Sus padres, mientras tanto, discutían o compartían preocupaciones adultas. No pude evitar prestar atención, tanto por la proximidad como por la curiosidad permanente que me genera todo lo que me rodea.

—Y si pierdo el trabajo, ¿qué hacemos? —dijo el padre.
—Estoy siempre sin energías, enfermando cada dos semanas —respondió la madre, con un hilo de voz—. No sé si puedo más.
—¿Y si nos equivocamos con todo? —continuó él.

Una angustia me atravesó. Aun sin la responsabilidad de tener hijos, compartía sus miedos y sus dudas. Había sentido innumerables veces la frustración y el agotamiento como una pelota de ping-pong que, por mucho que la golpease fuera, terminaba regresando.

No tengo claro si lo hice por desesperación o por instinto, pero desvié la atención hacia los niños que pintaban en sus cuadernos. Los hermanos estaban representando lo mismo: un paisaje natural, frondoso, con un sol brillante en el cielo. Sin embargo, el de la niña estaba mejor logrado que el de su hermano. No se salía tanto de los márgenes y se podían identificar las formas de la vegetación que componía la espesura verde. De pronto, la niña levantó la vista. Observó a sus padres durante unos segundos, como si intentara comprender un idioma extraño, y tiró del jersey de su padre.

—Papá… —dijo, sin que él reaccionara—. Papá, prueba esta cera verde. Sabe a bosque.

Los padres se quedaron inmóviles. Algo se había roto, quizá el nudo invisible que les apretaba el pecho. Primero fue una pequeña risa, casi involuntaria. Después, una carcajada que sonó más a suspiro de alivio. La niña volvió a su cuaderno, como si nada hubiera pasado. Minutos después, pagaron y salieron del local.

Consternado, seguí dándole vueltas a lo sucedido. Lo que había presenciado había sido un milagro del que ninguno de los presentes —y mucho menos los padres— era consciente. ¿Tuve yo un poder así cuando fui niño? ¿Podía mi intuición recibir información sensible y canalizarla de la forma más sencilla? Y, si fue así, ¿por qué lo perdí?

Las preguntas continuaron sin respuesta mientras terminaba la cerveza. También durante la quedada con mis amigos aquella tarde. Lo mismo al llegar a casa por la noche. Se sucedían en mi mente sin hallar solución. En consecuencia, y como medida desesperada, acudí al armario donde guardo todo tipo de cosas y, tras revolverlo, encontré una vieja caja de ceras para pintar. Saqué la de color verde. Y la chupé. No hubo bosque. No hubo naturaleza. Pero sí lágrimas por recordar lo que un día tuve.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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