Abro los ojos por enésima vez en la noche, pero esta vez la alarma indica que no hay más intentos. Todo sigue igual: tengo trabajo, familia, amigos, aficiones y salud. A mis puertas no han llamado tragedias ni pérdidas; y, sin embargo, cargo con una aflicción inherente que va mermando mis energías cada día.
Resulta frustrante y, a la vez, revelador plasmar en estas líneas mi estado emocional. Quizá sea la mentalidad masculina, sumada a la formación en ingeniería, lo que me lleva a detectar rápidamente las causas para hallar una salida. Dado ese primer paso, las soluciones que aparecen son dispersas.
El cuerpo avisa. Siempre lo hace. Puede empezar con cosas menores: no dormir bien, dolor de cabeza o irritación. Pero, si no le haces caso, sube el volumen hasta apagarte. Así que un primer paso sería escucharse y prestarse atención. Aunque tenga mala fama —porque parece que si lo haces pierdes—, hay que parar para encontrarse. No caer en la trampa elegante de llenarse el día para no pensar. Dejar de evitar el miedo al silencio y a la calma, y permitir que la pregunta «¿y ahora qué?» aparezca a su ritmo.
Hoy en día parece sencillo encontrar afirmaciones que defienden que el lenguaje o el pensamiento tienen un poder mayúsculo sobre nuestras vidas. Están en los libros de autoayuda, en los nuevos gurús de internet y en los terapeutas licenciados. Teniendo parte de razón, creo que es una visión reducida e interesada. Pensar mejor no sirve de mucho si no sientes nada distinto. Las palabras, junto con el razonamiento, tienen un objetivo: comunicar y asimilar. Si el habla no conduce a nada, se queda tan vacía como el eco en una cueva deshabitada.
El lenguaje y el pensamiento deben ser herramientas, conductores de un mensaje que culmine en sentimientos. Sin embargo, muchos modelos actuales pasan por alto esta conclusión.
Si las emociones son el medio y el resultado, el amor es el propósito definitivo. Y, por eso, creo que en una época tan mercantil puede convertirse en un enemigo a abatir. Si no se compra, estorba al sistema. Ojo, no es un mal exclusivo del capitalismo: cualquier proyecto nacido de la Ilustración —incluido el comunismo— arrastra el mismo patrón. La forma de colectivizar de los últimos siglos se basa en el individualismo. Un contrasentido del que se aprovechan las élites.
«Piensen igual, pero por separado» parece ser el lema que intentan inculcar.
El valor diferencial de cada uno se diluye cuando se le limita a desarrollar su potencial en soledad, cuando en realidad ese potencial solo se completa junto a otros: junto a un amigo, junto a una pareja.
Por eso, antes de que me lo imponga el cuerpo, voy a detenerme un momento. Porque parar no es perder el tiempo. Es dejar de perderse a uno mismo.
Permitiré que la urgencia deje de ser importante para que surjan decisiones que solo aparecen entonces. Buscaré en mí, a través de la literatura, las respuestas oportunas. Lo haré eligiendo obras que no caigan en el romanticismo vacío, sino en un amor profundo por la vida.
Obras que me ayuden a prestar atención a lo que tengo, en lugar de a lo que me falta; a lo que puedo ofrecer, en vez de a lo que me pueden dar; y que, quizá, me permitan darle la vuelta al mal de nuestro tiempo: la promesa incumplida de la felicidad.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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