Somos criaturas extrañas, los seres humanos: nos encantan las mismas historias de amor una y otra vez. Da igual que cambien los nombres, la época o la ciudad. Seguimos cayendo, seguimos escuchando y seguimos leyendo.
Un hombre conoce a una mujer. O una mujer conoce a un hombre. O dos personas que no deberían mirarse demasiado terminan mirándose más de la cuenta. Y ahí empieza todo.
Ella trabaja en una cafetería cerca de un parque empresarial lleno de oficinas. Él trabaja en una de ellas. Todas las tardes llega a las 19.40 y pide un café solo. Durante semanas no se dicen más de tres palabras seguidas. Poco a poco, ella consigue filtrarse en su seriedad y arrancarle alguna sonrisa. El tesón y el deseo que siente por él logran, al final, desquebrajar la armadura con la que entró el primer día. Empiezan a mantener conversaciones y hasta se cuentan confidencias personales. Ella sabe que, más pronto que tarde, él le pedirá salir.
Un martes lluvioso, ella le pregunta si espera a alguien. Son cerca de las 21.30, el local está a punto de cerrar, pero él se ha quedado inmóvil en su sitio. Ella se queda de piedra cuando él responde que sí, pero que hace tiempo que esa persona dejó de venir.
Y ya está. Con eso nos basta.
Porque el cerebro humano es un perro viejo. En cuanto detecta a dos personas heridas, una breve conexión y algo que no puede suceder, empieza a salivar solo. Queremos saber qué pasó antes; queremos saber qué esconden; queremos que ocurra algo; o peor todavía: queremos que no ocurra.
Nos encantan los líos amorosos porque nunca van realmente sobre el amor. Van sobre el deseo, sobre la pérdida o sobre la posibilidad de romper una vida entera por alguien que acabas de conocer en una cafetería.
Nos gusta observar, desde la distancia, el coraje que se necesita para apostar por un vínculo, por una persona que, a todas luces, parece no ser la indicada. Saltar al vacío en nombre del amor y salir victorioso.
Por otro lado, hay algo profundamente tranquilizador en estas historias: nadie sabe amar bien. Nadie tiene ni idea de lo que está haciendo. Ni los personajes ni nosotros. Por eso funcionan siempre los mismos ingredientes: el momento incorrecto; la persona equivocada; una conversación a destiempo; una llamada que no llega; alguien que miente; alguien que espera; alguien que se queda mirando una puerta como un idiota… y un largo etcétera.
Nos reímos y disfrutamos de estas historias mientras buscamos otras exactamente iguales. Y lo más curioso de todo es que quizá has seguido leyendo esta columna pensando que hablaba de literatura, cuando, en realidad, estabas esperando saber qué pasó entre la mujer del café y el hombre con secretos.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response
Qué pasó con la mujer del café y el hombre con secretos??? 😜