Luces, respiración del público, focos candentes y una obra a la que todavía le faltaban semanas de preparación. Tras representar mi última escena llegó el golpe seco de la desilusión. El motivo de esta emoción apareció con retraso, como cierto acto intermedio que nadie entendió. Quizá algunos no se lo tomaron en serio. Tal vez no lo hice tan bien como esperaba o simplemente no pude dar el máximo. Al final, la tristeza y el enfado se sentaron a mi lado, dejando una terrible sensación: «esto suena a despedida».

Debería habérmelo esperado. Somos una compañía de teatro aficionado y ninguno pretende hacer carrera de ello. El objetivo siempre ha sido el mismo: jugar, disfrutar y experimentar nuevas facetas. Sin embargo, el pasado fin de semana, tras dos funciones, me sentí muy lejos de esas aspiraciones. Será que soy géminis.

En estos años de drama he conocido a verdaderos amigos. Compartiendo actuaciones, comedia y aprendizaje, nos hemos permitido salir de nuestra zona de confort, creando un entorno seguro y divertido. Son ellos lo único que me mueve a querer continuar. La ilusión que me hizo emprender este camino creativo se ha ido apagando.

Detrás de estas líneas —que son más un vómito que un análisis— reconozco una interpretación muy personal de la realidad. Un conjunto de expectativas que han quedado insatisfechas. Y no está mal tenerlas. Son los requisitos que uno espera obtener de cualquier compromiso o proyecto en el que decide involucrarse. Lo único es que hay que tener cuidado de no construir expectativas imposibles de alcanzar. Esa será siempre una trampa mortal para la satisfacción.

Por eso, puede que intente vivirlo como una oportunidad para fomentar la aceptación. Una mirada hacia dentro con la intención de pulir filtros distorsionados. Comprender que no todo el mundo se involucra ni espera obtener las mismas cosas. Dejar que el verano calme la fatiga que llega por estas fechas y, probablemente, verlo todo con otros ojos.

No me sorprendería que, con la llegada del otoño, regresasen también las ganas de drama. Que los rayos de sol y la espuma del mar consigan borrar la agridulce sensación que me ha dejado esta despedida. Y, si no es así, permitiré que una nueva etapa comience, salvaguardando todo lo bueno que deja la anterior.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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