«Las emociones reprimidas nunca mueren. Son enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera», reflexionó Sigmund Freud —o, al menos, eso se le atribuye— para explicar los mecanismos que activan reacciones explosivas o síntomas físicos.
Estoy bastante de acuerdo. Aunque tampoco sé si uno puede estarlo o no con análisis de este tipo. Lo que sí creo es que hay decisiones que no se toman: se desprenden.
La analogía que mejor representa esta idea quizá sea la de la fruta que cae del árbol. A veces encontramos en el suelo frutos maduros, todavía intactos, después de haber pasado semanas aferrados a la rama. Desde fuera parece un incidente repentino, pero la caída llevaba tiempo produciéndose.
Tengo la sensación de que todo empieza de manera microscópica: un pensamiento, una llamada que se retrasa, el cansancio inexplicable después de ciertas conversaciones. Nada dramático. Rara vez una gran transformación viene precedida de trompetas anunciando su llegada. Se parece más a una humedad que avanza lentamente sin hacerse visible.
Quizá por eso el hombre de la cafetería de la columna anterior empezó a llegar más tarde cada semana. Cinco minutos primero. Diez después. Hasta quedarse una noche mirando el café frío durante casi una hora. Ella creyó que esperaba a alguien. Probablemente él también lo creyó.
Y detrás de todo esto está nuestro filtro, construido a fuego lento por experiencias y emociones. Criba todas y cada una de las situaciones que vivimos y, como eso exige demasiado esfuerzo, la mayoría de las veces reacciona siguiendo el viejo manual de instrucciones.
Aunque el subconsciente tiene fama de ser un lugar nebuloso, yo me lo imagino más como una oficina nocturna. Mientras atendemos nuestras actividades rutinarias, algo ahí abajo sigue clasificando pruebas. Puede que haya decisiones que pasen meses redactándose en silencio.
Y así, un día, aparecen solas, con una naturalidad casi ofensiva. La frase sale a bocajarro: “me voy”, “no quiero seguir”, “sí, ahora”.
Pero conviene tener cuidado. Porque, como en toda oficina, también puede haber algún becario aplicando al dedillo el manual, sin reflexión ni contexto. De ahí que no todas las decisiones estén amparadas por un instinto certero. Algunas nacen del miedo, de inseguridades enquistadas que también forman parte del subconsciente.
Por eso conviene vigilar lo que pensamos y la forma en la que nos hablamos. Puede que, tarde o temprano, todo eso termine convirtiéndose en una buena o mala decisión. Porque lo sorprendente no es que ciertas cosas acaben ocurriendo. Lo verdaderamente sorprendente es cuánto tiempo consiguen sostenerse antes de caer por su propio peso.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response
👏👏👏
Totalmente de acuerdo: cuidado con lo que pensamos y cuidado con las cosas q decimos!!!!