Estoy de acuerdo con Alejandro G. Calvo, crítico de Sensacine, cuando decía el otro día que los creadores actuales de cine y televisión explican demasiado y no dejan nada a la imaginación. El riesgo evidente de que nos lo den todo mascado es que desconectemos automáticamente de lo que nos están contando. Es así de sencillo: si no consiguen involucrarte en la historia, no puedes formar parte de la experiencia.
En un mundo donde tenemos el impulso de consumir reels en el móvil mientras la televisión sigue encendida de fondo, parece lógico que películas y series intenten competir utilizando las mismas armas: simplificar los argumentos y dejar claras sus claves en los primeros minutos de metraje. Sin embargo, no parecen darse cuenta de que, si juegan con los mismos ingredientes, siempre acabarán ganando los vídeos cortos de gatos y perros.
Tampoco parecen entender por qué la gente sigue acudiendo a las salas de cine. Con el precio de las entradas por las nubes, da la sensación de que creen que el espectador querrá amortizar la experiencia permaneciendo pegado a la butaca el mayor tiempo posible. De ahí que cada vez sea más habitual encontrarse con películas que rozan o superan las tres horas de duración.
Y si las historias fueran extraordinarias y necesitasen todo ese tiempo para serlo, bienvenidas sean. Pero la realidad es que, si ya me han contado lo esencial durante los primeros minutos y después me explican al detalle cada cosa que sucede, me sobran más de dos horas de película.
Con este panorama, acudí esperanzado a la proyección de la nueva película de Steven Spielberg, El día de la revelación, porque este director siempre había conseguido maravillarme con sus historias. Spielberg representa precisamente lo contrario de muchas de las carencias actuales: es un maestro de la tensión, un narrador capaz de sumergirte en su universo creativo y convertirte en parte activa del relato. Gracias a ello, uno pierde fácilmente la noción del tiempo mientras contempla sus películas.
No ha sido el caso esta vez.
Me descubrí aburrido, atrapado en un ritmo que se me hacía eterno. Soy consciente de que muchas de las historias a las que nos tiene acostumbrados Spielberg contienen situaciones poco plausibles, pero están tan bien contadas que uno acaba aceptándolas sin demasiadas objeciones. En esta ocasión, sin embargo, me encontré chocando constantemente con las incongruencias de la trama. Y cuando eso ocurre suele ser una mala señal: significa que la historia no ha conseguido atraparte.
Los personajes me resultaron planos y apenas despertaron mi interés. Por supuesto, la pericia técnica del director sigue estando presente en muchos de los planos y secuencias de la película. Pero, en mi opinión, todo eso importa bastante poco si no logra elevar aquello que verdaderamente sostiene una obra: la historia.
Si dentro de un tiempo —relativamente corto— acaba sucediendo aquello que plantea la película y se nos revela la existencia de vida alienígena en la Tierra, entenderé que su propósito era, en parte, propagandístico. Si no ocurre, quedará como un reflejo de cómo le gustaría a Spielberg que se desarrollara ese futuro incierto.
Pero, sinceramente, me da bastante igual. Para entonces, probablemente ya me habré olvidado de ella.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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Me resultó larga, larga, larga