«La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han probado».

Abro la columna semanal con esta frase pronunciada por Winston Churchill en la Cámara de los Comunes en 1947 para reflexionar sobre los últimos acontecimientos de la nuestra, de la democracia española. Podría entrar a valorar la británica por la dimisión del primer ministro a principios de semana, pero allí están más que acostumbrados a reemplazar a un líder por otro en poco tiempo —a excepción de su amado y odiado monarca—.

El nivel de aprietos que está sufriendo el Gobierno estas semanas ha alcanzado su punto máximo, o ese es el tufo a estiércol que deja el ambiente. Visto desde fuera y con una clara disposición peliculera por mi parte, uno podría pensar que todo forma parte de un guion hollywoodiense. Ahora está por ver de qué lado está el guionista y, siguiendo la línea temporal, no me extrañaría que volviese a repetir Pedro como vencedor, igual que en miles de películas donde el héroe sale airoso de cualquier problema que se le presenta, por imposible que parezca.

Lo mismo habría que recordarle al guionista que Pedro no es precisamente ningún héroe de acción, ni político, ya puestos —lleva tres años sin aprobar nuevos presupuestos—, y que debería empezar a crear nuevos protagonistas, porque si hay que elegir entre lo que queda en el patio, le va a salir un bodrio que ni para un telefilme de fin de semana.

Me hizo especial gracia la sonrisa del líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en el programa El Hormiguero, sintiéndose ya presidente. Quizá también sería bueno recordarle a Feijóo que, si llega a serlo, no habrá sido por su buen trabajo en la oposición y que un presidente no puede jactarse de no hablar —ni querer hacerlo— el idioma internacional, que hoy por hoy es el inglés. No sé, llámenme loco, pero si para cualquier empleo de cara al público en 2026 están pidiendo idiomas, a lo mejor debería ser imperativo para optar al cargo de presidente del Gobierno.

En fin, el entusiasmo debe de ser desorbitado en la sede del PP para que ninguno tenga presente lo que ocurrió la última vez que se sintieron vencedores y Sánchez les adelantó de nuevo por la derecha. Probablemente sea mi visión literaria, pero yo estaría expectante por ver qué nueva carta sacará el que se ha convertido en el ave fénix español, que, por muy mal que pinten las cosas, consigue darles la vuelta y quedar en el lado triunfador.

Y mientras esperamos la maniobra de Pedro, la sensación que está calando es la de hastío. Un hastío por un sistema que agoniza, que permite continuamente la proliferación de casos de corrupción. Y esto surge porque el modelo de partidos políticos premia a la peor calaña, aquella que está dispuesta a todo por conseguir y conservar el poder.

Ocurre en unos y en otros, y con mayor rapidez en los formados puntualmente alrededor de voces populistas. Sería bueno explicar a la izquierda de este país el motivo por el que está creciendo entre algunos jóvenes la nostalgia por el dictador Franco. El agotamiento, la falta de madurez y el desconocimiento logran que algunos vean con buenos ojos un sistema autocrático. No me parece baladí que este asunto empiece a aceptarse en una sociedad polarizada y con pocas ganas de analizar nada.

Por eso he empezado con Churchill. Y no desde una perspectiva pesimista que nos obligue a resignarnos por temor a algo mucho peor. No, todo lo contrario. Para recordarnos de dónde venimos y que se puede ir a mejor.

La democracia no será el mejor sistema de gobierno, pero sí tiene mucho margen de mejora. Empujemos para que no les quede otro remedio que aplicar leyes de transparencia en sus organizaciones. Pongamos en práctica mecanismos que aseguren la rotación en los cargos de poder y exijámosles perfiles altamente cualificados. Que la corrupción se penalice de forma efectiva y rápida. Y así, un sinfín de ideas que hoy podrían parecer utópicas, pero que podrían alcanzarse primero con ordenamientos y después con mentalidades.

Por mucho que esté disfrutando de la última novela sobre Julio César de Santiago Posteguillo, Los tres mundos, y admire su figura histórica, no se me escapa que la avaricia de poder y el desenfreno político de los senadores durante demasiado tiempo permitieron que personajes como Julio César o Augusto reemplazasen la República romana por una autocracia.

Aunque las circunstancias son completamente distintas —no voy a equiparar a personajes como Cicerón o César con ninguno de los políticos actuales—, ojalá la historia nos enseñe a no tropezar siempre con las mismas piedras y podamos salvaguardar lo que, hasta ahora, sigue presentándose como el mejor modelo de gobernanza.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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