A veces me divierte mi espíritu rebelde, incluso cuando es más molesto que simpático. Con la llegada de la segunda ola de calor del verano, me agarré un constipado por culpa del aire acondicionado. Inflamación de garganta, malestar general y un temblor intermitente me dejaron en un estado ambivalente: sentía frío y calor al mismo tiempo, mientras me moría de dolor.
Soy consciente de que no es un fenómeno inusual, y tampoco es el primero que me cojo por estas fechas; sin embargo, me sigue pareciendo una contradicción natural. Tengo asociados los resfriados a las etapas frías del otoño y el invierno, donde los remedios caseros de manta y cama tienen sentido. Con temperaturas de cuarenta grados a la sombra, se me hizo imposible aplicar dichas soluciones. El aire acondicionado estaba prohibido y el ventilador me destrozaba la garganta.
La fiebre apareció muy temprano el lunes. Me desperté a las diez y pico de la noche —puede usted imaginarse a qué hora me había metido en la cama— como si me hubiesen vaciado varios barreños de agua encima y con unas pesadillas de lo más perversas. Bajé para darme una ducha y descubrí que no era el único que lo estaba pasando mal. El partido de España contra Portugal continuaba sin goles y lo que parecía sencillo podía acabar convirtiéndose en un desastre —finalmente, la selección española ganó en el último minuto—.
Cuando bajé la temperatura corporal y las sábanas dejaron de chorrear, volví a acostarme, pero esta vez con una camiseta enrollada alrededor del cuello y el pecho para poder encender el ventilador e intentar dormir del tirón. La angustia permanecía, pero al menos logré un equilibrio térmico que me permitió cerrar los ojos.
No me hace falta repasar mis últimas andanzas para concluir que soy un mal enfermo. En las primeras horas, cuando los síntomas comenzaban a manifestarse, ya era consciente de que iba a añadir una carga extra por culpa de mi actitud. Podría achacarlo a un tema genético —mi padre es un campeón de la exageración—, aunque sospecho que tiene más relación con el género masculino.
Es cierto que la ciencia arroja algo de luz sobre esta peculiaridad. Algunos estudios apuntan a que el sistema inmunitario de las mujeres responde con más eficacia ante determinadas infecciones, lo que hace que los hombres las suframos con mayor intensidad. Un detalle que me hizo mucha gracia es que la testosterona suele tener un efecto inmunosupresor y que quienes presentan niveles más altos pueden desarrollar una respuesta de anticuerpos más débil.
Lo que me faltaba. En vez de avergonzarme por ser el peor paciente del mundo, ahora me agarro a la idea de que son mis voluptuosos y gigantes bíceps los que me hacen padecer de esta forma.
En fin, nos pasa como al Sr. Burns de Los Simpson cuando le dijeron que tenía tantas enfermedades que hasta una brisa ligera podría matarlo, pero él se quedó únicamente con que era «invencible». Así que, si creen que soy un exagerado, simplemente deben aplicar la lógica de Springfield: lo que ocurre es que estoy demasiado fuerte —y demasiado guapo—, y por eso el resfriado tiene que golpearme el doble de duro.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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