Todos los derechos reservados Gotham Group y 20th Century Studios

Esta semana fui al cine a ver Springsteen: Deliver Me From Nowhere, un retrato íntimo y personal de una etapa crucial del artista. La cinta consigue lo que buscaba Bruce: que, aunque no fuese perfecta, funcionase. La intensidad que logra transmitir es tan real como la depresión misma, sin florituras ni secuencias desmesuradas; solo un dolor punzante, aislado y silencioso. Estremece y maravilla al mismo tiempo, algo que ya había conseguido su director, Scott Cooper, en Crazy Heart, con un excelente Jeff Bridges.

Sorprendentemente —o no—, Bruce Springsteen canaliza, por medio de una película y de la historia real en la que ésta se basa (Badlands, 1973), toda su oscuridad para componer una serie de canciones que marcarían la narrativa musical. Asisto a esta perfecta fotografía de cómo el arte, en todas sus formas, captura y expresa las emociones humanas, en una sala de cine bastante vacía. Hasta aquí, todo normal en los últimos tiempos. Lo que ocurre es que esta semana se celebra la “fiesta del cine”, cuando las entradas bajan hasta la irrisoria cifra de 3,50 €. Un evento nacional que se organiza tanto en otoño como en primavera para fomentar que el público acuda a las salas. Y es la primera vez que no hay grandes multitudes ocupando cada butaca disponible, ni problemas para encontrar entradas en las sesiones más comunes de la tarde en cualquier cine de la ciudad. Asisto, pues, a una fotografía maravillosa dentro de la tumba de un género artístico.

Porque el cine se muere, si no lo ha hecho ya.

Los expertos y estadísticos apuntan a la pandemia de 2020 como el principio del fin. Según los números, existe un antes y un después. Pero, ¿qué ha hecho que la caída haya sido imposible de frenar? ¿Por qué no se ha podido recuperar como tantos otros medios y géneros? Respuestas hay por doquier, y no pretendo enumerarlas una a una para descifrar la más plausible. No. Mi intención es desahogarme ante el aciago destino de un medio, de un refugio, de un amigo.

Mi infancia se cimentó en el amor por las películas, ocupando todo el espacio posible de los fines de semana para verlas, coronándose el sábado como el mejor día por el simple hecho de ir físicamente al cine. Recuerdo subirme al coche de mis padres y recorrer el mismo trayecto cada semana, expectante por descubrir qué historia me contarían esa tarde. Desde luego, era lo más parecido a un acto litúrgico para mí. Y lo sigue siendo.

Durante mi juventud y adultez he recurrido innumerables veces a las salas cuando las cosas no iban del todo bien, cuando necesitaba ocultarme del mundo, de mi mundo y de mí mismo. Lo curioso era que, durante —y al terminar— la proyección, me reencontraba con mi verdadero ser.

Escribiendo estas líneas me emociono al revivir las secuencias donde la magia del cine hacía su efecto. Ojalá me equivoque y tan solo estemos atravesando una etapa fría y aburrida, donde los espacios que requieren de nuestra máxima atención y dedicación sean abandonados por otros que nos permiten distraernos con el móvil sin preocupación. Una época en la que estamos tan divididos y enfrentados que la simple idea de compartir en silencio una experiencia se descarta sin vacilación.

Uno de los mayores éxitos del cine fue, sin duda, que era barato y accesible a todo el pueblo —y por eso considerado un arte menor en sus inicios—. El pueblo lo abrazó con tanta ilusión que llegó a formar parte de millones de vidas e historias. Ahora, entre unos y otros, todos, nos hemos propuesto destruirlo.

Siempre quedarán reductos abiertos para quienes amen tanto el ritual de asistir al cine como yo, pero el gran público se ausentará de esta fantástica fiesta en favor de entretenerse en el sofá de su casa. Y eso, en sí mismo, no es malo. Cada uno es libre de hacer lo que le dé la real gana. Lo único es que, cuando un pueblo deja de enriquecerse con un género cultural compartido, pierde poder y humanidad en el proceso.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

One response

  1. También yo he visto la película de la que hablas y me emocionó. Sin embargo no quiero estar de acuerdo contigo en que el cine se muere….NO, quizá solo está pasando una mala racha, o eso es lo que yo quiero pensar, porque para mí, igual que para ti, acudir a una sala de cine tiene algo de mágico. Es un ritual maravilloso que te lleva a visitar otros mundos, otras vidas… y que en ningún caso es comparable a ver una película en la TV de casa.

    Los que amamos ir al cine nos entendemos, aunque el resto del mundo piense que es mucho más cómodo quedarse en el salón de casa… Yo creo que todavía somos muchos los que pensamos así y como todo en la vida, el cine en las salas volverá con fuerza para alegría y goce de los que amamos ir al cine.

    ¡Eso espero!
    ¡Nos vemos en el cine!

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