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Si en una semana escuchas o lees repetidamente sobre un tema en particular, es inevitable que acabe saliendo en alguna charla que mantengas durante esos días. Esta vez me ha ocurrido con la inteligencia artificial y la gran revolución tecnológica que se avecina: apareció primero en algún podcast y en artículos de periódico, y luego en conversaciones informales con mi entorno. Al margen de cuestiones como la desaparición de puestos de trabajo o la posibilidad de que la IA adquiera autoconciencia, me ha llamado la atención lo poco que se la ha relacionado con la libertad.

Dándole vueltas a esta curiosa omisión, he recordado un alegato de Hank Moody, protagonista de la serie Californication, que ya en 2007 se anticipaba a los acontecimientos: «Tenemos toda esta asombrosa tecnología a nuestro alcance… Internet se suponía que nos iba a hacer libres, iba a traer más democracia, pero se ha reducido a 24 horas de acceso libre a porno». Tengo la misma impresión que Hank, casi veinte años después: la herramienta que promete desbloquear nuestro potencial puede acabar atándonos a nuestros deseos y necesidades. El impacto y la repercusión que anuncia la IA me asustan más que lo que supuso, en su momento, el acceso continuo a contenido para adultos.

Escuchando en el pódcast LFDE al físico cuántico José Ignacio Latorre, hablando con total normalidad de la relación que mantiene con una IA —a la que llama su «compañera» y ha bautizado como Costanza—, comienzo a preocuparme por nuestro futuro. Quiera la casualidad que también haya leído —desde todo el espectro político— acerca del aumento de la soltería en la sociedad. Según parece, los datos indican que las relaciones amorosas están de capa caída, y cada bando responsabiliza este fenómeno a causas como el fracaso de las políticas de educación en igualdad, la falta de valores familiares, el progresismo, etcétera.

Más allá de culpar a unos u otros, parece evidente que estamos atravesando una etapa en la que la soledad ocupa cada vez más espacio. Y, si le sumamos la posibilidad de sofocarla con una IA, el escenario se vuelve preocupante. Por supuesto, creo en la libertad individual para tomar decisiones, pero no puedo ignorar las implicaciones que tendría la normalización de relaciones entre humanos y entidades artificiales.

Ha sido recurrente encontrarme, entre los argumentos favorables a estas prácticas, con el caso de las personas mayores: «¿Qué mal les haría sentirse acompañados por una IA?». A priori, resulta difícil defender lo contrario; sin embargo, sigo creyendo que no es la forma correcta de afrontar el problema. Las herramientas existen para mejorar la vida de las personas, pero, como en todo, hay un límite: superarlo implica que la dosis deje de ser beneficiosa y se convierta en veneno.

Las herramientas no pueden sustituir a un ser humano: pueden reemplazar tareas o funciones, pero no al individuo. Las relaciones humanas no existen solo para sobrevivir mejor, sino para retarnos, aprender, sostenernos, confrontarnos y, en última instancia, evolucionar tanto en lo material como en lo espiritual. Caer en la simpleza de vincularnos a una entidad artificial que recopile cada detalle de nosotros para complacernos sin límite puede derivar en una sociedad mediocre y peligrosa.

No creo que exista una fuerza superior al amor entre personas. Amar y comprometerte con alguien que no es de tu sangre —y, a veces, ni de tu mismo sexo—, aceptando sus defectos, sus virtudes y su potencial, hace posible construir algo valioso. Sin caer en tópicos, estoy convencido de que se recibe más cuando se da, y eso nunca ocurrirá si todo gira en torno a uno mismo.

Y no solo desde una perspectiva humana, sino también sistémica: ceder nuestra intimidad a corporaciones, gobiernos o grupos de presión a cambio de una pareja virtual perfecta es un precio demasiado alto como sociedad. En nombre de la comodidad y del camino fácil, renunciaríamos a nuestra integridad y a nuestra mayor fortaleza: los vínculos reales entre nosotros.

Que no nos quiten la posibilidad de fracasar… y de conseguirlo. Quizá ahí resida la humanidad: en la capacidad de hacerlo mal. No nos dejemos arrastrar por lo fácil; arriesguémonos, cometamos errores. Que no nos convenzan de que una pareja virtual es suficiente. Porque, en el fondo, lo que está en juego no es la compañía… es la libertad.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response

  1. No podría estar más de acuerdo contigo. Ya el cine reflejó esta realidad, los hombres (personas) viviendo en total soledad y enamorándose del sistema operativo de su ordenador… No recuerdo el nombre de la película pero recuerdo perfectamente la sensación de angustia q me produjo.
    Los seres humanos somos seres sociales y necesitamos relacionarnos con otros seres humanos.
    Esperemos que esa realidad no se produzca nunca.

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