El pasado fin de semana acudí al cine a ver Marty Supreme, la nueva película del director Josh Safdie, protagonizada por el nuevo chico de moda, Timothée Chalamet. Verdaderamente la disfruté: me mantuvo en tensión durante las casi tres horas de metraje —podría entrar a opinar sobre las contradicciones de nuestro tiempo, donde la capacidad para retener la atención ha disminuido y, sin embargo, se hacen películas de más de dos horas, pero lo dejaré para otro momento— y me dejó claro el potencial que posee este chico, con un gran futuro por delante en Hollywood.
He leído que la última escena es la responsable de que esté tan cerca de ganar un Óscar el próximo mes; sin embargo, en mi opinión, el momento del partido en Japón es el auténtico clímax de su interpretación. Hay un instante en la cinta en el que el protagonista le deja claro a una chica que él no es como los demás; que, a diferencia del resto, tiene un propósito muy claro en su vida. Y, aunque esto pudiera parecer una virtud, lo expone como una verdadera condena, porque se ha convertido en un esclavo de su objetivo, destinado a sacrificar lo que sea necesario para alcanzarlo. Por todo ello, al conquistar el partido, la interpretación de Chalamet es impecable: muestra no solo la celebración del triunfo, sino el desahogo por librarse de su tormento.
Estoy convencido de que encontraríamos a muchos personajes exitosos, en diversas áreas, con el mismo síndrome que Marty. Algunos dirían que es el ingrediente fundamental para alcanzar las cimas que ostentan; que, sin esta obsesión —algo enfermiza, me atrevería a decir—, sería imposible llegar a metas elevadas. No sé; a mí toda esta persecución me parece que disfraza una búsqueda externa de algo interno. Identificarte a partir de tus logros no me dice nada más de ti que un lunar en tu piel. Sí, ambas son cosas tuyas, pero ¿bastan para definirte? Actitudes tan extremas corren el riesgo de perderse la vida mientras alcanzan sus objetivos —si es que los alcanzan—.
No voy a comprar el eslogan americano de «luchar por tus sueños». La vida tiene desafíos y enfrentamientos, es cierto, pero también muchas otras cosas que componen el cóctel de nuestra existencia. El sabor resultante depende de las proporciones que pongamos, y creo que esta mentalidad mantiene el conflicto en lo alto, privándote del dulce agrado o relegándolo a pequeños instantes de victoria.
Es imperativo darle sentido a cada día, eligiendo y marcando propósitos que nos motiven a seguir avanzando, pero que no nazcan de una falta de personalidad propia. Enriquecernos y fomentar un estado emocional estable conformará un carácter único, libre de reclamos externos. Que lo de fuera sea un reflejo de lo de dentro, y no al revés.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

One response
En una cosa estoy en desacuerdo contigo. Chalamet no tiene un futuro brillante, TIENE YA un presente esplendoroso. Seguirá creciendo como persona y como actor, pero ya ha demostrado el talento que tiene.
Por lo demás Amén.