Con la frase “no existe la mala publicidad” comenzamos un divertido debate en el pequeño espacio de la oficina donde compartimos descanso y comida en táper. Yo aseguraba que era cierta, mientras que mi compañero exclamaba que esa idea era un mito, ya que la mala publicidad podía producirse y dañar seriamente la reputación de una persona o una marca. Acordamos que ambos decíamos la verdad —un hecho insólito en cualquier ambiente laboral— y que todo dependía del contexto. Con suerte, todas las discusiones podrían terminar del mismo modo: dándose y quitándose la razón sin que nadie salga derrotado.

Recordando esta anécdota, me vino a la cabeza el último galardonado del Premio Planeta, Juan del Val. Durante semanas ha sido asunto recurrente en todo tipo de medios de opinión. No voy a entrar en si es buena o mala la obra ganadora de un millón de euros ni en si el controvertido premio —adjetivo que comparte con su campeón— está amañado o no. Lo que me interesa aquí es reflexionar sobre la crítica y la publicidad que ésta genera.

Si se pregunta a cualquiera, artista o no, la mayoría responderá que la crítica es necesaria según la valoración que tengan de ellos o de su producto. El resto tendrá una opinión negativa. Partiendo de esta premisa, y con el aluvión de malas valoraciones que ha recibido Vera, una historia de amor (Premio Planeta 2025), cualquiera concluiría que todo esto le hace un flaco favor a las ventas del libro. Sin embargo, está resultando ser la mejor promoción posible. Entonces, ¿qué hace que una crítica tenga un efecto positivo o negativo?

Lo primero sería entender para qué sirven y quién las realiza. Habrá quien diga que cumplen un papel fundamental de divulgación, acercando a un público amplio y no especializado la obra o producto en cuestión. Consecuentemente, la persona encargada debería ser experta en la materia. Mi admirado Billy Bob Thornton cree que los críticos quizá solo deberían opinar sobre cosas que les gustan, y estoy muy de acuerdo con él; así nos dejaríamos guiar mejor que por un “experto” del tema. Porque, normalmente, quien ocupa el vilipendiado —o admirado— puesto de autoridad judicial es un odiador profesional más interesado en rellenar sus propias carencias y en afianzar su delicado ego. “Yo no tuve el valor, la suerte o el talento para hacerlo, así que tú tampoco”, llevan muchos tatuado en la frente.

Además, vivimos tiempos en los que el panorama resulta bastante homogéneo y la individualidad es señalada y perseguida. Con la última película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, toda la crítica la encumbró como “obra maestra”, exceptuando al siempre irreverente Carlos Boyero. Podría mencionar otros estrenos del momento, como el nuevo disco de Rosalía, Lux, confirmando así que el interés comercial —para elevar o hundir— se enmascara bajo el ilusorio concepto de acto altruista de concienciación.

En el caso de Juan del Val, la mala crítica le está garantizando una repercusión mayúscula, más allá del propio premio, cumpliendo la famosa frase de que no existe la mala publicidad, y demostrando que la crítica, para bien o para mal, acerca a una audiencia genérica. No obstante, aquí me voy a retractar de lo que defendí mientras me comía mi pollo con verduras en un táper. Tal vez en este ejemplo funcione porque el escritor vive de la polémica y del morbo que genera, pero, en distintas circunstancias, puede llegar a tumbar carreras y almas.

Por esta razón, la crítica —innecesaria o no, pero siempre vigente— resulta un ejercicio de libertad que nos incita a reflexionar y evaluar lo que nos rodea, teniendo presente que, a veces, la más irreverente e independiente suele ser la más honesta y, sin embargo, no tiene por qué estar acertada ni coincidir con tu pensamiento o tu gusto.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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