Quiera la casualidad que esta semana coincida la nueva misión tripulada a la Luna en medio siglo con las celebraciones de la fiesta cristiana que recuerda los últimos momentos de Cristo en la Tierra. Dos eventos ajenos que guardan más relación de la que aparentan.

A medida que se van superando los límites conocidos, la respuesta filosófica incorpora nuevos análisis para adaptarse. Atender las nuevas necesidades es un ejercicio natural y, cuando estas no disponen de solución, la espiritualidad entra de lleno para cubrir el vacío. Hasta aquí, nada insólito. Tampoco que la fiebre por los ovnis y las teorías sobre extraterrestres arranque al mismo tiempo que la conquista del espacio, en la década de 1950.

Las siguientes fronteras llegan con incógnitas que, a su vez, generan incertidumbre y, por efecto dominó, provocan miedo. La forma más efectiva de contrarrestar una emoción tan potente es resguardarse en verdades absolutas y, ¡pum!, ya tenemos la receta para crear religiones y adeptos. Estoy convencido de que, igual que pasó hace unos miles de años —cuando en un banquete de bodas en Galilea se defraudó al sistema romano al declarar únicamente cinco panes y dos peces para pagar menos impuestos—, acabaremos llamando milagro a cualquier acción que implique al espacio exterior.

La New Age —aunque no es una única religión— viene pisando fuerte. Ya empieza a sustituir el término «Dios» por «Universo», un gran paso para adaptarse a los nuevos retos; sin embargo, aún le falta incluir dogmas fijos, anclajes emocionales y prácticas comunes para convertirse en el movimiento espiritual dominante.

El psicólogo Julian B. Rotter utilizó el concepto de locus de control para situar nuestra red de creencias, diferenciando entre locus externo —la creencia en fuerzas ajenas que nos controlan— y locus interno —la creencia de que uno tiene el control y la responsabilidad de los eventos de su vida—. La New Age se sitúa más cerca de este último y, en el momento en que aparezca un iluminado que aúne ambos conceptos y se erija como puente divino para la sociedad, se acabará formando la religión que destrone a las demás. Por supuesto, estará más motivado por razones políticas y de poder que por un interés espiritual.

Las religiones cumplen un papel fundamental e inherente al ser humano. Crean comunidad, lazos y caminos para ser mejores. Ofrecen calma a un corazón herido y sentido a la vida. Pero, cuando empiezan a someter y a dictar cómo deben vivir las personas, se convierten en un tumor social que lo corrompe todo.

Al fin y al cabo, no dejan de ser cuentos, historias —bien contadas, eso sí— que nos interesan porque, en muchos casos, consiguen liberarnos de la carga que llevamos y arrojar algo de luz sobre lo inexplicable. Siempre habrá una versión A y una versión B para dar respuesta a una incógnita y, como ninguna podrá comprobarse, cada uno tendrá que elegir la suya sin que venga nadie a imponerle lo contrario.

Como fue mi caso la pasada noche, cuando tuve una pesadilla muy vívida en la que un ser me despertaba apretándome la muñeca y el cuello. Plenamente consciente y fuera del sueño, sentí cómo me soltaba. La experiencia fue completamente real, como si alguien me hubiese despertado a base de zarandeos y apretones, pero al encender la luz no había nadie en la habitación.

Tardé unos segundos en salir de la cama porque aún sentía que había algo en el cuarto, aunque mis ojos dijesen lo contrario. No puedo darle una explicación. Sé cuándo estaba dormido y cuándo estaba despierto, y lo que noté en ambas situaciones. Es posible que fuese una sugestión de mi cerebro por acostarme con una sensación extraña y desagradable; o que un fantasma viniese a visitarme. No puedo comprobarlo.

Y ahí es donde entra mi poder: en escoger entre abrazar la incertidumbre o un cuento mágico que me alivie y me permita volver a dormir tranquilo.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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