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El pasado domingo se celebraron los premios Oscar, en una gala insulsa, carente de grandes polémicas o momentos destacados. No tengo claro si esta fiesta del cine continúa teniendo un efecto mayúsculo sobre la sociedad o si, como el propio arte que celebra, está atravesando sus horas más bajas. Tampoco voy a entrar a valorar lo desacertados que han sido los galardonados —es imprescindible recordar que el sentido de los premios no es seleccionar a quienes mejor lo han hecho, sino darse autobombo con el propósito de vender más entradas—, sino a comentar un asunto que me ha llamado la atención: cómo ciertos individuos generan rechazo visceral y otros, indulgencia automática.

Sinceramente, Timothée Chalamet era el merecedor del Oscar, y, en todo caso, Ethan Hawke. Contradictoriamente, se lo llevó Michael B. Jordan por Pecadores —una película que disfruté mucho y que cuenta con una buena interpretación por partida doble de Michael, pero lejos del trabajo realizado por los otros dos actores mencionados—. Y el aparente motivo de este desenlace fue un patinazo de Timothée en una charla promocional, donde soltó un comentario desafortunado que acabó por precipitar sus posibilidades. La opinión, por sí sola, no fue tan hiriente u ofensiva como se ha hecho entender; lo que ocurre es que termina por construir una imagen desagradable que el público empieza a repudiar. Llegados a este punto, la pregunta que me hago es: ¿qué tienen unos para provocar esta aversión y otros no?

Continuando con Hollywood —como espejo social—, existen casos similares que me vienen a la memoria. Mientras que la fama de excesos, carácter difícil y una vida personal muy expuesta le otorgaron al actor Jack Nicholson una interpretación social de leyenda viva o genio irreverente, Anne Hathaway, tras ganar el Oscar, comenzó a ser percibida como demasiado perfecta, forzada o poco auténtica, lo que acabó provocando una pérdida de popularidad que le dificultó trabajar con normalidad. Un ejemplo más cercano a la situación de Timothée sería el de Leonardo DiCaprio: como actor emergente tuvo que enfrentarse a la evaluación constante del público y a una industria que prefería proteger a quienes ya eran apuestas seguras y castigar a los que todavía no estaban consolidados. Durante años fue ganándose la fama de intenso en su interpretación, generando críticas por sobreactuar y por ser demasiado calculador. Se le percibía como elitista y su vida privada —grandes fiestas y multitud de novias jóvenes— no le ayudó en su camino. Si bien no consiguieron destruirle, la imagen negativa que generaba le dificultó ganar los Oscar que su carrera merecía.

Sin entrar en un ensayo sociológico, entiendo que existen variables que explican este contraste. Ciertamente, la primera podría ser el momento de la carrera en el que se encuentre la persona: no es lo mismo enfrentarse a las ilusiones que una nueva promesa pueda suscitar que a una veteranía protegida. Si a Sean Penn —galardonado este año también por Una batalla tras otra— se le perdonan y aceptan sus excentricidades porque «siempre ha sido así», a Timothée se le condena por sus incoherencias al romper con las expectativas. La segunda —y, en mi opinión, más importante— sería la clave psicológica: hay personas que caen bien y otras que generan rechazo emocional. Si la percepción de sinvergüenza provocaba simpatía con Nicholson, la de pretencioso lo hace en sentido opuesto con Chalamet. Las envidias nacen con más fuerza en los personajes que proyectan una perfección excesiva —que se lo digan a Hathaway—.

Si yo estuviese en el círculo íntimo de Timothée, le diría que imitase a Leo: que minimizase el riesgo reputacional controlando las entrevistas y reduciendo la exposición en redes. Después, que eligiese un frente en el que mostrar activismo —el bueno de Leo ya escogió el cambio climático, así que tocaría otro— y construir una imagen moral coherente. Y, por último, que contratase a un profesional de la imagen para ayudarle a conectar con la gente y caer bien; porque está claro que, en todos los caminos y tipos de vida, son los simpáticos los que disponen de más oportunidades de éxito, y no necesariamente los que más duro o mejor trabajan.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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