Imagen: The Apartment Pictures, Pathé. BTEAM Pictures

No sé si fue porque comencé el año nadando a contracorriente o porque, simplemente, hubo el hueco para ello, pero me descubrí contando el tiempo sin anotarlo. Arrancaron mis vacaciones cuando el mundo regresaba de las suyas. Durante las fiestas fue recurrente, en mis encuentros, la promesa de que despertaría envidias cuando tomase el relevo. Parecía haber cierto atractivo en descansar cuando todos los demás volvían a la carga. Quizá lo tenga; lo ignoro por completo. Lo que sí sé a ciencia cierta es que tiene sentido que unos vengan, otros se queden y varios se vayan. Probablemente sea el ciclo de la vida que explicaba Mufasa.

Hice cosas; en realidad, hice bastantes. En cualquier caso, lo que cambió fue que no me sujeté a un programa estricto de actividades ni a una lista de tareas que cumplir en mi tiempo libre. Todo lo que llevé a cabo lo hice sin cuadrarlo en un espacio temporal determinado y sin un objetivo productivo evidente. Era puro disfrute. Leer horas y horas porque sí; ver películas nuevas y reencontrarme con otras viejas; escribir cuentos y reflexiones poco interesantes; hacer deporte; remolonear en la cama; pasar de todo; y dejar solo una pequeña abertura para socializar.

Un día, almorzando, me quedé maravillado con la estética intensa de Parthenope, la última película disponible de Paolo Sorrentino. Poco me importó que la cinta careciese de un verdadero argumento —una constante en el director italiano—: la fuerza de las imágenes aporta un relato que atrapa en cada plano, resolviendo así la aparente falta de contenido narrativo. Y ahí, precisamente, volviendo a disfrutar de películas simbólicas y sin pretensión alguna, retorné a mi estado natural.
¿Cuánto tiempo llevaba envuelto en una espiral funcional que no me dejaba parar? Obsesionado con rellenar cada margen y con la sensación constante de no llegar nunca a hacer todo lo que debería hacer. Conozco perfiles que encajan a la perfección en este régimen, acelerando el paso siempre que pueden y soñando con añadir más ruedas dentadas al engranaje. Yo no soy uno de ellos, y debí olvidarlo en algún momento. Contaminado por los dictámenes generales de lo que se supone que debe ser un hombre de bien, dueño de sí mismo y de sus circunstancias, me perdí en unas reglas que, en realidad, no iban con mi carácter.

Esta disonancia no se solucionará nunca en un sistema orgulloso de sí mismo y complacido con sus resultados. No, al menos, hasta que nos reconozcamos en nuestro propio elemento y aceptemos su funcionamiento. La eficiencia y el rendimiento discurren por múltiples caminos, y no todos pasan por los mismos puntos. Mi éxito no tiene por qué ser igual que el tuyo, aunque nuestras cuentas bancarias marquen lo mismo. Disciplina y esfuerzo, siempre, aunque los apliquemos de formas distintas. Enfocarse en lo que te hace brillar antes que aspirar a una mediocridad global. Respirar y asumir que no solo existe el yin y el yang, y que la realidad también abarca un amplio mar de grises entre ambas fuerzas. Comprender las normas que te conforman para poder soltarte sin preocuparte por el qué dirán. Yo ya me he percatado de que me muevo mejor entre distintos mundos, porque necesito crearme una rutina para, después, poder romperla.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

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