Es curioso cómo a veces todo parece confabularse para girar alrededor de una idea, un pensamiento o un sentimiento. En mi caso, esta semana, cada situación vivida me ha ofrecido una visión distinta de la pregunta que ha rondado mi mente estos días: ¿vivimos por y para el espectáculo?

Puede que piense usted que dispongo de muchísimo tiempo libre para alcanzar cuestiones tan disparatadas; pero, en realidad, esto esconde un significado más profundo, al menos para mí. Quizá sea un ejercicio de evasión de las verdaderas dudas —tanto existenciales como esenciales— de mi día a día, o tal vez sea solo el mecanismo que utilizo para intentar darle sentido a todo. En cualquier caso, aprovecharé estas líneas para arrojar algo de luz sobre mis cavilaciones.

Eventos como la cancelación de las jornadas sobre la Guerra Civil en Sevilla por la tormenta provocada por David Uclés; los numeritos inducidos por el magnate Elon Musk en redes sociales; o la exhibición política del presidente estadounidense me dan la sensación de que el medio para conseguir algo ha dejado de ser el mero intercambio de intereses para convertirse en un show. Si quieres algo, monta una exhibición, a ser posible lo más rocambolesca y fuera de tono que puedas.

En política está claro que es la forma imperante de estos días: la utilizan los extremos, que se turnan para soltar burradas con la intención de aparecer en los medios, y a ella se suman los supuestos moderados para aprovechar la ola. En la justicia, la presión mediática sustituye al proceso: antes de pruebas, hay espectáculo; antes de sentencia, hay bando. En los medios de comunicación, la noticia se convierte en circo, donde se exagera y se representa un papel. Y en la vida cotidiana nos encontramos hilos interminables en redes sociales celebrando las vidas de unos y humillando públicamente a otros. Pasen y vean las maravillosas actuaciones del mundo.

No me resulta difícil imaginar que el entretenimiento siempre ha sido muy importante para instruir, dominar y apaciguar al ser humano; pero opino que la evolución tecnológica ha posibilitado que la sociedad deje unas cosas atrás y que otras se incrementen. El consumo y la exposición constante en un mundo digital, como el que ofrecen las redes sociales, han permitido este aumento significativo en los últimos tiempos. Son muchas las voces que advierten sobre ello, pero ¿qué se decide hacer desde los gobiernos? Ilegalizar. Esta semana se ha anunciado que en España se prohibirá el acceso a plataformas digitales a menores de dieciséis años. Una medida nada sorprendente, dado que históricamente se ha optado siempre por la opresión en vez de por la educación. Es tan humano reprimir como matar moscas a cañonazos: en ambos casos se consigue lo que se pretende, pese al coste.

Así pues, acomodémonos y deleitémonos con el show. Compren palomitas, elijan bando y no se olviden de grabarlo todo. Porque hoy, si no hay público, no hay causa; y si no hay escándalo, parece que no ha pasado nada.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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