«Ni tras pared ni tras seto, digas tu secreto», decía el refrán popular español, recomendando discreción en todo momento. No tengo claro si es por prudencia o por una inclinación inevitable, pero todo hijo de vecino miente para guardar secretos. Algunos tienen una justificación evidente, amparados en la lealtad y el amor; otros ocultan fechorías y escándalos; pero los que realmente me llaman la atención son los insignificantes: esos que escondemos sin saber muy bien por qué.
A veces me descubro haciéndolo con tonterías sin importancia: evito decir qué cené anoche, con quién me crucé por la calle o si conozco una noticia concreta. Ninguna de esas cosas tiene relevancia. No oculto mi cena porque esté a dieta ni disimulo un conocimiento por falsa modestia. Lo hago sin motivo aparente.
Y fue precisamente al llegar a esta conclusión cuando empecé a reflexionar sobre ello. Psicológicamente, podría interpretarse como un fenómeno natural: una forma de mantener cierta coherencia entre la vida interna y la externa. Se utilizan como pequeños lubricantes sociales que suavizan la convivencia y evitan conflictos innecesarios. Mentirijillas como “ya estoy saliendo”, cuando uno sigue todavía en la ducha, o “no, no me molesta”, cuando claramente sí lo hace, pueden ahorrarnos la incomodidad de una verdad sin trascendencia.
Los detractores asegurarán que quien miente en lo pequeño termina distanciándose un poco de sí mismo. Que, cuando estas conductas se convierten en costumbre, erosionan la sinceridad y la confianza. Y no dudo de que haya algo de razón en ello; sin embargo, fuera de esos microcompromisos de cordialidad, creo que reservar pequeñas parcelas de nuestra vida al mundo resulta beneficioso.
No se trata de desconfiar de los demás, sino de preservar una parte de uno mismo. Proteger una intimidad nimia, por absurdo que parezca, nos mantiene en equilibrio. En ocasiones nos desnudamos en exceso ante conocidos y desconocidos. Obviamente, estoy a favor de mostrarnos vulnerables cuando lo creamos necesario, pero en una sociedad que vive instalada en los extremos solemos pasarnos de frenada. Como un péndulo, hemos pasado de un hermetismo radical a una apertura desmedida. Y, en ese vaivén, olvidamos que una pizca de misterio sigue siendo esencial.
Al reservar un pequeño espacio solo para nosotros, aunque sea para coleccionar situaciones privadas sin mala intención, nos demostramos una fidelidad inquebrantable. Porque ¿qué mejor ejercicio de aceptación y afecto que confiar en uno mismo para guardar esos secretos diminutos que solo nos conciernen a nosotros?
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

No responses yet