Atendiendo a los últimos acontecimientos que sacuden el panorama político español, uno no puede escapar de la intensidad que los acompaña. Comenzaré esta reflexión semanal con una obviedad: hay amores que duran demasiado y poderes que sobreviven demasiado tiempo. Ambos nacen de una percepción ilusoria de plenitud, prometiendo sentido y estabilidad. Pero la cultura y el arte llevan siglos repitiendo la misma advertencia: ninguna intensidad prolongada deja intacta la dignidad de las personas.
Y no solo afecta a la decencia. La medicina ha demostrado que mantener niveles elevados de estrés durante demasiado tiempo provoca patologías graves. Podría utilizar enfermedades como el cáncer para establecer un paralelismo con la corrupción que surge en las instituciones cuando dejan de reconocer sus propios límites, pero prefiero ir por otros derroteros. Quizá sea mi vena romántica, pero me interesa mucho más comparar el poder con un amor extremo, porque, en ambos casos, las personas terminan vaciándose por dentro.
Tanto la obsesión sentimental como la autoridad prolongada producen la misma ilusión: sentirse indispensables. Y esa idea acaba generando convicciones peligrosas, como creer que el mundo debe organizarse alrededor del propio deseo. Las personas dejan de aceptar verdades incómodas, críticas, rechazos o libertades ajenas, y empiezan a utilizar el miedo como herramienta de control. Entonces aparecen frases como: “O yo o el infierno”.
No sé si la situación de José Luis Rodríguez Zapatero responde a una trama para acabar con el actual gobierno de Pedro Sánchez o si, simplemente, ha terminado cayendo en el viejo tópico de que toda permanencia excesiva en el poder acaba corrompiendo. Lo que sí creo es que se ha alcanzado un límite en el que, por obligación moral, deberían convocarse elecciones.
Mi postura parte de una idea sencilla: los regímenes largos suelen degradarse por dentro mucho antes de derrumbarse políticamente. Y este, por mucho que se presente como progresista y socialista, no es ajeno a esa verdad. Dar un paso atrás también puede ser una forma de liderazgo. A veces, incluso una mejor que aferrarse al poder con uñas y dientes.
La democracia, por sí sola, debería bastar. Deberíamos tener la suficiente confianza en ella como para que los cambios de gobierno no provocasen tanto miedo. Pero sé que esa no es la realidad. Ahí están nuestros vecinos estadounidenses, con el actual presidente poniendo constantemente a prueba los límites institucionales. Aunque también tengo claro que fueron las posiciones herméticas y altivas de los demócratas las que terminaron devolviéndolo a la Casa Blanca.
Todos los ideales —tanto las izquierdas como las derechas— deberían ocupar el baluarte de la decencia y expulsar de sus propias filas a quienes se descarrilen moralmente. No podemos acostumbrarnos a que la corrupción sea sistemática. Sí, en cambio, a echar tantas veces como sea necesario a quienes la practiquen, especialmente cuando son “de los nuestros”.
Tal vez por eso las grandes historias terminan casi siempre en ruinas. No porque el amor o el poder sean malos en sí mismos, sino porque la intensidad sin medida y la duración sin límites terminan vaciando aquello que pretendían engrandecer. El amante obsesivo pierde la capacidad de amar libremente. El gobernante perpetuo pierde la capacidad de escuchar. Y ambos, lentamente, pierden algo todavía más importante: la conciencia de que la dignidad humana solo puede sobrevivir allí donde existen límites, distancia y libertad.
Quizá esa sea la lección más incómoda que llevan siglos repitiendo el arte y la cultura: el alma humana no fue hecha para soportar durante demasiado tiempo ni el amor absoluto ni el poder absoluto.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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