El otro día, en una charla informal, me di cuenta de cuánto ha cambiado Madrid. En realidad, ya lo había notado hace dos años, cuando regresé después de pasar una larga temporada fuera. Tuve la sensación de volver al Londres que conocí con dieciocho años: una ciudad cosmopolita, más parecida a un parque temático que a una urbe, y apenas sin rastro de ingleses nativos. Las tiendas y los bares de siempre se habían transformado en grandes cadenas orientadas al consumo de turistas. Todo parecía girar a su alrededor, como si los verdaderos habitantes fuesen un mero atrezo del decorado.

Pero qué voy a decir. Así son las grandes capitales europeas, y era cuestión de tiempo que le ocurriera lo mismo a la de España.

A menudo imaginaba Madrid como la aldea de Astérix: el último reducto frente a un capitalismo global feroz. Siempre había sido una capital castiza, más ligada a los pueblos y a las tradiciones de todas las regiones españolas. La favorita del resto del mundo era su hermana, Barcelona: más moderna, más internacional y, además, con playa. La gente quería visitar Barcelona y vivir en Madrid. Ese era, al menos, el resultado habitual de una rivalidad centenaria.

Hoy los tiempos han cambiado. Madrid se ha convertido en la favorita de los visitantes internacionales y sus dirigentes están sabiendo capitalizar ese impulso. No es por nada, pero hace poco se autorizó la circulación de taxis autónomos impulsados por una startup china, situando a la ciudad junto a otras pocas grandes urbes que ya experimentan con estas tecnologías. Bienvenidos a Madrid. Bienvenidos al futuro.

Sin embargo, cuando charlábamos el otro día no hablábamos de turismo ni de innovación tecnológica. Hablábamos de agenda.

En apenas unas semanas coinciden los conciertos de Bad Bunny, la primera visita oficial del Papa, una gran feria empresarial de innovación y la tradicional Feria del Libro en el Retiro. Y eso es solo la antesala de lo que está por venir: el Orgullo, Shakira, la Fórmula 1 y un largo etcétera.

De entre todos los que conversábamos había una persona que no pensaba asistir a ninguno de esos acontecimientos. Las miradas del resto fueron discretas, pero dejaban entrever un sentimiento más cercano a la lástima que a la superioridad. Como si, de alguna manera, su valor social hubiese descendido unos puntos. Y, al mismo tiempo, los demás parecían respirar tranquilos por seguir dentro de la rueda.

Fue entonces cuando entendí algo. Madrid se ha convertido en una gincana de eventos que no te puedes perder. Así resumiría la sensación que me dejó aquella conversación. Parece haberse instalado una especie de programa de requisitos sociales indispensables para vivir aquí. ¿No quiere usted participar? Entonces quizá debería marcharse al campo. Como si el precio inalcanzable de la vivienda o el coste creciente de la vida no fuesen ya medidas disuasorias suficientes.

En el fondo, no es una cuestión de conciertos, ferias o festivales. Es la sensación permanente de que uno siempre debería estar en otro sitio, haciendo otra cosa, asistiendo al próximo acontecimiento imprescindible. Una carrera imposible que nunca termina porque siempre aparece un nuevo evento en el horizonte.

En fin, así somos y así nos dejamos controlar. Ojalá el vermú madrileño hubiera tenido el mismo efecto que la poción mágica tuvo con los galos de la aldea de Astérix.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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