Hacía mucho tiempo que Juan no contemplaba la típica estampa veraniega de su infancia. Los colores del Mediterráneo, el olor a playa y la humedad le daban la sensación de haber estado allí la semana anterior; sin embargo, ya sumaban más de veinticinco años desde su último encuentro. Coincidió la venta del piso vacacional familiar con su dieciocho cumpleaños, y a partir de ese momento, nunca más regresó. Ahora, caminando por el paseo marítimo, los recuerdos se suceden con cada esquina que contemplaba. En realidad, el pequeño pueblo costero alicantino había crecido y cambiado durante todo este periodo. Aun así, lo esencial continuaba atemporal. Seguían abiertas las heladerías y los restaurantes a los que había ido innumerables veces. Los viejecitos con sus nietos ocupaban el camino hacia la feria, al igual que él con sus abuelos tantos veranos atrás. Las sombrillas variopintas, clavadas unas junto a otras, creaban una barrera multicolor que ocultaba la arena a quienes miraban desde fuera. Y, un largo etcétera, que cualquier español que haya veraneado por levante sabrá identificar.  

El timbre de una bicicleta arrastra a Juan fuera de su ensoñación. Un grupo de preadolescentes pedaleaba a toda velocidad entre los viandantes, apartándoles con silbidos y risas. Pensar que él fue uno de ellos logra atemperar el mal genio que surge con la adultez. Sonríe y los sigue con la mirada hasta que se percata de un detalle muy llamativo: la bicicleta del último de la pandilla es exactamente igual a la que Juan tenía por entonces. El mismo color, el mismo metal plomizo —razón de más para que el muchacho fuese retrasado—, y los mismos flecos suspendidos de los manillares de goma. Juan no sale del asombro al reunir tantísimas coincidencias y recuerdos que ni sabía que seguían ahí, en algún rincón de su memoria. El descubrimiento lo llevó primero a sus amigos, y después a Irene.

Una tarde de sol, aventuras y gamberradas, Juan y su pandilla salieron a montar en bicicleta. Como cada día, empezaban por el paseo y terminaban al otro extremo de la playa, donde las rocas cubrían más terreno que la arena. Allí, sin el bullicio habitual de las otras zonas, podían estar más tranquilos, y juguetear con sustancias para mayores, como los cigarrillos y la cerveza. Esa tarde sucedió algo distinto, aunque no insólito. Roberto, un chico que le tenía cierta tirria a Juan y siempre estaba intentando sacarle de sus casillas, fue especialmente insistente. Entre broma y broma, consiguió su objetivo y, en medio del rifirrafe, golpeó a Juan, provocándole un sangrado de nariz. Con lágrimas en los ojos y un dolor punzante en el orgullo por la humillación, Juan agarró su bicicleta y salió despavorido del lugar. Con las prisas y el disgusto, no pudo ver el escalón que tenía de frente en su huida. Acabó precipitándose por él y dándose un buen golpe en las piernas. Con suerte, los amigos estaban fuera del campo de visión.    

El llanto buscaba salir clamoroso, pero Juan se esforzó por contenerlo, aunque no hubiese nadie alrededor. Tenía mucho que demostrar, mucho que demostrarse. Con todas sus fuerzas puestas en esta meta, permaneció tirado en el suelo. Por eso no pudo comprobar que había alguien cerca. Alguien que había visto el accidente y se había acercado a socorrerlo.

—¿Estás bien? —preguntó una dulce voz.

Juan no contestó, ni se movió de inmediato. Antes quiso asegurarse de que las lágrimas que habían inundado sus ojos y corrido por sus mejillas estuvieran secas. Apenas pudo imaginar que al volverse iba a encontrarse con un ángel. La vergüenza y la aflicción sufrida desaparecieron para darle la bienvenida a un estado completamente nuevo. El subidón instantáneo al contemplar a Irene por primera vez no tenía parangón. Allí entendió el efecto febril que describían en las películas cuando los protagonistas se enamoraban. Le había parecido fascinante embriagarse con unos pocos tragos de cerveza aquel verano, pero no podía imaginar que no sería el mejor descubrimiento de todos. Lo mejor acababa de comenzar.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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