El pasado viernes, aguantando el calor sofocante de Madrid en una terraza de Tirso de Molina, mis amigos y mi pareja me llamaron cayetano sin la menor duda. ¿Cómo se atreven? Lo curioso no fue que lo dijeran —ya lo habían hecho en otras ocasiones—, sino que lo hicieran sin la pretensión de fastidiarme. Verdaderamente estaban convencidos de ello y así descubrí que me veían de una forma con la que yo jamás me habría definido.

No voy a utilizar este espacio para reflexionar sobre el motivo por el que todos llevamos años construyendo una imagen de nosotros mismos que rara vez coincide con la fotografía que observan los demás. Ni voy a preguntarme quién lleva la razón —claramente ellos no—.

Lo que sí me interesa es la facilidad con la que colocamos etiquetas a las personas. Porque, una vez que me recuperé del impacto inicial —días después—, comprendí que el verdadero protagonista de aquella conversación no era yo ni mi supuesto cayetanismo. Era la etiqueta.

Debe de ser un recurso natural del ser humano simplificar a quienes nos rodean. Apenas necesitamos un puñado de datos: cómo viste alguien, dónde vive, qué música escucha, dónde estudió o qué expresiones utiliza. Con eso solemos sentirnos preparados para clasificarlo. Cayetano. Progre. Facha. Bohemio. Friki. Empollón. Pijo. Perroflauta. Moderno.

La etiqueta tiene una ventaja evidente: ahorra trabajo. Comprender a una persona exige tiempo y atención. Clasificarla, en cambio, requiere pocos segundos. Es una especie de atajo mental que nos permite estar preparados ante posibles decepciones. Forma parte de nuestro sistema de supervivencia, que intenta mantener todo atado y controlado.

El problema viene cuando nos damos cuenta de que no somos productos que adornan una estantería. Nadie cabe por completo dentro de una palabra. Las contradicciones son tan humanas como la humanidad misma. El bohemio puede trabajar más que un oficinista al uso. El conservador puede albergar ideas revolucionarias. Y el progresista puede ser más tradicional que aquellos a quienes critica. De ahí que las etiquetas funcionen tan bien en las redes sociales, que premian lo simple, lo inmediato y lo reconocible. Afuera, en la supuesta realidad, nos encontramos con un mundo lleno de matices y excepciones, donde un madrileño como yo, de carácter chulesco y sin ninguna intención de lucir un chándal en la vía pública, puede estar muy lejos de lo que se le atribuye.

Soy consciente de que esta columna es un claro ejemplo de lo molesto que resulta que nos encasillen. Y, sin embargo, formo parte del dilema al observar a otras personas y juzgarlas únicamente por la pequeña parte que tengo delante. Sin duda, la tiranía de las etiquetas no consiste en que nos reduzcan erróneamente, sino en que terminamos creyendo que basta una palabra para explicarnos. Empoderémonos y hagámonos soberanos de nuestra percepción, ajena a las apreciaciones, malintencionadas o no, del resto. Eso intentaré llevar a cabo en cuanto termine de escribir.

Seguiré luciendo mi chaleco de plumas, camisa, mocasines y pantalones de tonos pastel o chinos. Acudiré cada temporada a ver los toros. Frecuentaré mi club privado y practicaré la hípica los fines de semana. Me encontrarán en misa todos los domingos por la mañana. Y escucharé a Taburete hasta reventar. Pensándolo bien, quizá tengan motivos para llamarme cayetano o, simplemente, al leer estas últimas líneas comprendan —de una vez por todas— que, si nos dejamos guiar por las apariencias, tal vez esté muy lejos de serlo.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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