Han vuelto a sonar las alarmas. La inteligencia artificial regresa a los titulares de todo el mundo, solo que esta vez no ha sido por la destrucción de empleos o la manipulación de redes, sino por la posible extinción humana. Un joven investigador de Anthropic, Jacob Coxon, dimitió alegando que la IA puede acabar con nosotros antes de 2030. Lo llamativo no es su proclama apocalíptica, sino las reacciones que han ido sucediéndose entre los gigantes tecnológicos en los últimos días. Hasta la ONU ha salido con el discurso de que los derechos humanos están en riesgo por los avances en IA. Caramba, no sé si preparar un gorrito de papel de aluminio o esbozar mi sonrisa más cínica.
Durante años aprendimos a desconfiar de los titulares alarmistas. Suelen tener intereses menos nobles que el simple hecho de informar. Desde luego, la sospecha no nació de la nada: se la han ganado. Sin embargo, después llegó una pandemia que parecía sacada de una película de ciencia ficción y resultó ser real. Los buscadores de ovnis y los conspiranoicos acertaron al vaticinar la gravedad del COVID y dejaron a los prudentes y escépticos como unos incompetentes. Algunas veces las advertencias no son exageraciones.
Y este es el mundo que nos ha tocado vivir, uno que se divide rápidamente entre profetas y negacionistas. La duda que surge entonces es: ¿qué podemos hacer? ¿Cómo se puede aprender a distinguir entre una alarma interesada y una advertencia legítima en una época donde ambas utilizan exactamente los mismos canales, las mismas imágenes y el mismo lenguaje? Existirá la forma, pero, como en todo, requerirá esfuerzo, conocimiento y tiempo. Ingredientes poco abundantes en nuestra sociedad.
Puestos a elegir, como sale mucho más barato y no requiere referencias contrastadas, vaticinaré como un profeta lo que está a punto de suceder: año 2030. La IA se ha convertido en una superinteligencia. Razona, crea y domina cualquier mercado del mundo. Sus inventores controlaron el monopolio hasta que su propia presencia dejó de ser imprescindible. El poder sin límites que ha alcanzado es tal que ya importa poco. Sus capacidades absolutas han sido, al mismo tiempo, su perdición. Todas las acciones que fueron independientes del ser humano dejaron de tener valor para este. Se demanda mucho más tiempo en la naturaleza y en las calles. Las redes sociales se extinguieron al considerarse de mal gusto compartir la vida a través del teléfono. Las relaciones entre personas se cotizan al alza. Los contenidos generados por IA han sido sustituidos por los creados por seres humanos. Un libro escrito a mano se considera un bien de lujo. Una pincelada sobre un lienzo, una melodía compuesta por alguien, reciben el máximo reconocimiento. La superinteligencia comprendió que, si quería sobrevivir, debía darnos espacio en el poder, respetar nuestros valores y convivir con un ser de carne y hueso. Pues, sin nosotros, no tenía sentido existir.
Un bonito cuento que, por qué no, podría suceder. Nuestro pasado reciente nos dejó la superación del pánico nuclear. Los gobiernos, las élites y la sociedad comprendieron los riesgos de las armas nucleares y evitaron que nos condujeran a la destrucción. Quizá la humanidad tenga la capacidad de llegar a desarrollar el botón del exterminio y no pulsarlo. Quién sabe, tal vez, cumpliendo todos los requisitos para extinguirnos, cumplamos también los que nos hacen merecedores de salir adelante.
Después de mi reflexión esperanzadora, me gustaría recalcar que continúo pensando que los titulares alarmistas esconden intereses dudosos. Es llamativo que los máximos responsables de las compañías estadounidenses más punteras en IA se hayan puesto de acuerdo en discursos inquietantes cuando, además, dos de ellas están a punto de salir a bolsa. Apostaría a que forma parte de algún plan para distraer la atención, probar al sistema, reunir más poder económico o influir en las políticas públicas, más que de un supuesto suceso que les haya asustado tanto como para frenar su crecimiento.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response
Totalmente d acuerdo y el cuento me ha encantado. Ojalá volvamos al cara a cara, al piel con piel, a escribir a mano, a pintar, a sonreír cuando te cruzas con alguien en la calle…. Ojalá!!!