Las chicas siempre le habían atraído. En su imaginario terminaba con una bella princesa cabalgando hacia el horizonte. No obstante, durante el curso escolar que precedió a aquel verano, la atracción se transformó en algo muy físico. Comenzó a fijarse en sus compañeras de distinta forma. Partes en las que jamás se había fijado copaban ahora todo su interés. Se sintió extraño consigo mismo, y también su cuerpo empezó a llamarle la atención. Todo era un bullicio de cambios y emociones que intentaba esconder, invadido por una vergüenza impropia de él. Participaba en las chanzas sexuales de los amigos sin admitir detalles suyos. En realidad, ninguno lo hacía. Soltaban la primera burrada que se les pasara por la cabeza o hubiesen oído por ahí. Por eso no fue extraño que, cuando Juan empezó a salir con Irene, dejara de lado a la pandilla veraniega.

Fueron muchos paseos y helados por la orilla del mar los que precedieron al primer beso. Un beso torpe e ingenuo, pero no exento de magia e ilusión. Juan nunca antes había juntado sus labios con los de otra persona. Por lo que había visto en adolescentes mayores que él, aquello parecía un mecanismo complejo y sofisticado. Podían pasarse horas enganchados, labios con labios, lengua con lengua, ejecutando las distintas maniobras del amor.

Día a día, Irene y Juan fueron perfeccionando su técnica, o reduciendo sus inseguridades, lo que les permitió sumar más minutos. Hubo tardes en las que ambos acudían directamente al banco donde se besaban para poder hacerlo durante más tiempo. No era con el fin de mejorar, sino porque no concebían otra forma de vivir que no fuese pegados, besándose sin parar.

También hubo tiempo para compartir meriendas, poemas y confesiones de amor eterno. Poco les importaba que les viesen sus respectivos amigos, disfrutar de las atracciones de la feria, o caminar dados de la mano por los puestos del paseo marítimo. Irene le regaló una camiseta, y Juan un collar de conchas. Lucieron sus presentes todas las vacaciones junto al mar alicantino.

Los primeros veranos de la vida traen consigo una percepción del tiempo mucho mayor de la que luego se tiene. Para Juan no existía un mañana, el presente se dilataba lo suficiente como para ocuparlo todo. Sin embargo, por mucho que el verano pareciese eterno, llegó a su fin.

La primera semana de septiembre trajo consigo la despedida. Habían sido muy felices juntos, y durante el adiós continuaron repletos de ilusión. El siguiente verano quedaba aún muy lejos, pero las cartas que se prometieron escribir durante el curso escolar los iban a mantener unidos hasta que llegase el reencuentro. Pero, nunca volvieron a verse.

Ahora, muchos años después, con la nostalgia a flor de piel, en vez de preguntarse qué pasó, Juan llega a la conclusión de que no añora a Irene, sino a la persona que era cuando la conoció. Anhela sentir que todo está por venir. Quedaban tantísimas primeras veces felices por descubrir, y hoy, las que quedan, no parecen ser tan placenteras.

Comprende que la verdadera cuestión no es que los momentos felices terminen. El problema es pensar que volverán. Y casi nunca vuelven. Son como la energía: se transforman.

Lo que sí acaba regresando son nuestros recuerdos, quizá más hermosos con el tiempo y a la vez menos ciertos. Por eso, encontrarnos con nuestra propia juventud tiene el riesgo de empañar lo que realmente importa: el ahora.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response

  1. El AHORA siempre es lo mejor, lo más importante porque es lo único q tenemos, esto no significa que dejemos de soñar. Disfrutar del presente y soñar con lo maravilloso que está por llegar. Supongo que ahí está la magia

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