Los que vivimos en Madrid acabamos de salir de la resaca provocada por la visita del Santo Pontífice, mientras la juerga continuaba por distintos rincones de España. Ha sido como tomarse un Bloody Mary en el desayuno después de una noche de borrachera. Y si uno hubiese jugado a beber un chupito cada vez que en una noticia o artículo aparecía la palabra “histórico”, la jaqueca habría sido mortal. Son malos tiempos para ser un pagano desagradecido. Ya saben: autopista al infierno y todo eso.

Entre la casita de Bad Bunny y los espectáculos organizados para el Papa en el Madrid Arena y el Santiago Bernabéu, los niveles de ridículo alcanzados en la capital han sido, efectivamente, históricos. Daba igual contemplar el escaparate de sardinas apretadas que representaba la vivienda tradicional puertorriqueña que ver a Christian Gálvez y David Bustamante agasajando al Pontífice. El grado de vergüenza ajena provocado por semejante despliegue de mal gusto no será fácil de superar.

Soy consciente de la tradición católica de España y de la repercusión que puede llegar a tener una visita papal. Mi infancia estuvo llena de domingos de misa y oraciones antes de dormir. Además, quienes apelan al carácter aconfesional del Estado para protestar por el gasto público asociado a la visita deberían recordar que eso no equivale a un modelo estrictamente laico. Nuestro sistema contempla la cooperación de los poderes públicos con las distintas confesiones religiosas, especialmente con la Iglesia católica. Eso no significa que no pueda debatirse ni modificarse. Tampoco que no podamos criticarlo.

Me importan tres pepinos —hablando mal y pronto— las creencias de cada cual. Hasta ahí podríamos llegar. Lo que me irrita es el anhelo, tan antiguo como el ser humano, de imponer a los demás la propia fe o la propia visión del mundo. Y en eso la Iglesia católica tiene un historial difícil de ignorar.

Por tanto, no se trata de ir contra los creyentes, sino de cuestionar los privilegios de las instituciones religiosas. Y si alguien siente la necesidad de señalar que este planteamiento favorecería a otras confesiones, que no se preocupe: las incluyo a todas en el mismo saco. Cualquier organización religiosa que aspire a acumular poder político debería encontrar una barrera infranqueable en las instituciones democráticas.

Mi espíritu rebelde encuentra motivos para justificarse casi a diario. También en la actitud de nuestros políticos, que no dejaron pasar la oportunidad de retratarse ovacionando el discurso del Papa y arrimándolo cada uno a su propio relato. No estaría de más recordar que la invitación al Congreso se realizó en calidad de jefe del Estado vaticano, no como máxima autoridad de la Iglesia católica.

Sin embargo, León XIV pareció olvidarse de esa cortesía diplomática al convertirse en el primer mandatario extranjero que aprovecha una intervención en el Congreso español para pronunciarse sobre leyes que, a su juicio, no deberían aprobarse, como las relativas al aborto o la eutanasia. Imagino que, entre tanto desfile, ceremonia y bailecito, no encontró un lugar mejor para compartir sus opiniones políticas.

En fin, con la Iglesia hemos dado, Sancho.

Ojalá que, para la próxima visita —preferiblemente dentro de muchos años—, disminuya el entusiasmo institucional y mediático. Que nuestros representantes defiendan la moral emanada de la soberanía del pueblo español en lugar de mostrarse más papistas que el Papa. Y que los fieles financien su propia fiesta y nos dejen al resto vivir tranquilos en nuestra ciudad.

O, en su defecto, que también organicen un pifostio semejante para sus satánicas majestades, los Rolling Stones. Porque para mí —y sospecho que para muchos otros— siguen siendo bastante más divinos que el Obispo de Roma.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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