Desde que escuché el otro día a Jesús G. Maestro afirmar que se ganó una guerra en 1945 y se perdió una paz en el siglo XXI, le doy vueltas al mal que golpea a mi generación, la llamada millennial o generación Y. «Vivimos como si hubiésemos perdido una guerra y estuviéramos en la posguerra» fue una de las perlas que soltó el profesor y crítico literario español. Dentro de la habitual sobreafirmación de Jesús, creo que recoge un fenómeno certero: vivimos peor que nuestros padres sin haber sufrido ningún evento traumático comparable a un conflicto bélico.
No se me escapa la sensación de fraude que deja este panorama. Los que nos criamos en la década de los noventa teníamos muy claras ciertas cosas; por ejemplo, que el Estado del bienestar crecía exponencialmente y aseguraba que cada generación futura viviría mejor que la anterior, o que si te esforzabas y estudiabas tendrías garantizado un porvenir exitoso. «Qué estupidez» es lo primero que me ha venido a la mente tras escribir estas líneas.
Es evidente que en algún momento todo se torció. Quizá fue en 2008, o tal vez en la segunda recesión europea de 2012, pero de lo que estoy convencido es de que la crisis de la COVID-19 terminó por rematarlo. Seguramente, dentro de un siglo, acabarán señalando una de estas fechas como el punto de inflexión en la línea histórica que separe la Edad Contemporánea de la Edad Tecnológica. Aunque, igual que quienes vivieron entre dos edades distintas, nosotros no somos conscientes de ello.
En todas las épocas existen personajes débiles y haraganes que se procuran un final turbio. Utilizar estos adjetivos para definir a toda una generación —como se ha hecho con la millennial— me parece, como poco, burdo.
Al final de mi adolescencia era frecuente escuchar que los jóvenes lo queríamos todo y rápido. Imagino que cualquiera querría eso si le diesen a elegir. Sin embargo, la realidad se encargaría de adecuar ese deseo al hecho de que la paciencia y la dedicación son necesarias. El problema es que la pantalla que nos ha tocado jugar cambió las reglas sin previo aviso. Somos la cohorte con mayor tasa de estudios superiores y formación continua de la historia, y no podemos acceder a una vivienda. Voy a repetirlo para enfatizar la gravedad: no podemos acceder a una vivienda. Ni a un castillo —lo que nos acusaban de querer— ni a una choza. Ni en el mejor de los barrios ni en el peor de los suburbios. Nada.
El miedo a no saber dónde meterse aflora en cada uno de nosotros. La dependencia de las redes familiares siempre ha existido, pero no con la notoriedad de ahora. Sin la ayuda o los inmuebles de nuestros progenitores, resultaría imposible acceder al mercado inmobiliario.
Siguiendo el principio de acción y reacción de Newton, existirán unas causas. Habrá algunas evidentes —un sector inmobiliario ciego de codicia y unos políticos incapaces de ponerle freno— y otras menos visibles, como el alelamiento impulsado por un sistema que nos quiere mansos. Me lo decían entonces y lo corroboro ahora: el sistema educativo está cuesta abajo y sin frenos. El retroceso es tremendo, y lo más bochornoso es la intensidad que ha adquirido en muy poco tiempo. Como es natural, no es la primera vez que ocurre. En el pasado, podían alterar por completo los mitos de una civilización y lograr que, en dos generaciones, se olvidasen sus doctrinas originales. Por esta razón, es tan importante arrebatarnos una buena educación: para mantenernos dóciles. «El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla» cobra aquí todo el sentido.
Lo peor es que lo han hecho delante de nuestras narices y sin demasiada resistencia. Y, examinando el percal, poca más se encontrará en los años venideros. Han conseguido que, en la etapa de mayor acceso a la información de la historia de la humanidad, reneguemos de ella. Internet nos iba a salvar y solo ha conseguido darnos acceso a porno y entretenimiento las veinticuatro horas del día.
Me dirán que menos lloriqueos y más adaptación. Que el mercado es justo y sus designios, imparciales. Vamos, que le alabemos como a nuestro nuevo dios todopoderoso. Y ya les puedo decir que no cuenten conmigo —por no lanzarles ningún improperio acompañado de una peineta—. Ni en la Edad Media quería que la Iglesia se metiese en mi cama, ni ahora quiero que lo haga el IBEX 35.
En contra de la resignación de Jesús G. Maestro, voy a utilizar una oración de la obra de Tolkien para afrontar la cruda realidad imperante: «No nos corresponde elegir los tiempos en los que nos toca vivir. Todo lo que tenemos que decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado». Ojalá todos nos parásemos en seco ante la situación. Que comprendiéramos que los salarios actuales son una estafa. Que no sale a cuenta hipotecar nuestras vidas por un mayor entretenimiento. Que las apariencias engañan. Que, si vamos renunciando poco a poco a cosas tan básicas como un techo donde vivir, estaremos convirtiéndonos en esclavos. Pero mucho me temo que acabaremos pisando al de al lado por conquistar nuestro reino hasta que las nuevas generaciones, más adaptadas y descreídas, nos den la patada definitiva.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
👉 Capítulo 1 gratuito en alejandroalvarezvillalon.com

One response
Jo! Qué duro lo que transmites, aunque creo que es totalmente cierto.