¿Cuántas veces le ha aparecido la inteligencia artificial en una conversación durante el último mes? En mi caso, ha sido menos de lo que deberíamos estar hablando de ella. Y lo llamativo no es que se aborde siempre desde la productividad, sino que casi nunca lo hagamos desde la dignidad humana.
El miedo y la incertidumbre acaparan todos los planteamientos. ¿Nos quedaremos sin trabajo? ¿Nos suplantará la IA? Son dudas lógicas que surgen después de experimentar con las múltiples posibilidades que ofrecen estas tecnologías. Sin embargo, creo que habría que tratar cuestiones que afectan a varios ámbitos de la vida humana, empezando por la ética y continuando por la conveniencia.
Me encanta poder citar al célebre personaje de Jurassic Park, el Dr. Ian Malcolm, cuando las cosas empiezan a sonar a ciencia ficción. En esta ocasión acudiré a la siguiente declaración: «Tus científicos estaban tan ocupados pensando si podían hacerlo que no se detuvieron a pensar si debían hacerlo».
No me voy a detener en las hipótesis apocalípticas para reflexionar sobre si se debe o no continuar avanzando con la IA, sino que lo haré sobre algo quizá más pequeño, pero que está ocurriendo en este mismo momento: la externalización de la inteligencia.
¿Cuál fue el último número de teléfono que memorizó? Puede que incluso nunca haya tenido que hacerlo, si pertenece a una generación más joven. Desde hace unos años, el número de acciones intelectuales que vamos delegando en la tecnología no deja de aumentar. A priori, traspasar tareas mecánicas y repetitivas supone una ventaja competitiva —al menos, uno de los pilares evolutivos de la civilización—; pero, si no discernimos los límites, será imposible comprobar cuándo deja de ser una mejora para convertirse en una desventaja. Puede que desligarnos de determinadas acciones acarree carencias cognitivas que reduzcan nuestra capacidad de analizar el mundo como hasta ahora.
Existe un fenómeno psicológico denominado «efecto generación» (EG), mediante el cual algunos investigadores demostraron que las personas somos capaces de recordar mejor y más rápido la información cuando la producimos nosotros mismos que cuando la recibimos de forma pasiva. De este modo, incorporar rutinas y procedimientos para practicar la recuperación activa, como recordar datos clave —fechas, cifras o itinerarios— antes de buscar la respuesta en una pantalla, podría conservar y estimular la plasticidad del hipocampo.
Otro ejemplo claro de lo que estamos perdiendo es la fricción cognitiva al delegar la lectura comprensiva en resumidores de IA. El pensamiento crítico exige lidiar con la ambigüedad y la complejidad del texto original. Así que cuidemos de leer de principio a fin y de formular conclusiones propias antes de pedir una síntesis externa. Creo que hay mucho en juego y que no estamos aprovechando todo este tiempo ganado más que para sumar horas de entretenimiento masivo —aunque este asunto da para otra reflexión—.
Del mismo modo que con la llegada del automóvil no dejamos de movernos —o no deberíamos hacerlo— para evitar la atrofia muscular, o que en los colegios se siga enseñando a realizar operaciones aun teniendo calculadoras, la irrupción de la IA no debería significar el abandono de nuestra propia inteligencia.
Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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