Desde hace días tengo la sensación de que la sociedad ha pasado de preguntar: «¿Para qué sirve la cultura?» a preguntar: «¿A qué causa sirve la cultura?». No sé si usted empieza a reconocer proclamas del tipo: el cine debe incomodar; la literatura debe denunciar; la música debe concienciar; y el arte debe combatir determinadas estructuras de poder. Y estas observaciones no están mal; son importantes. Lo preocupante, aquí, es el reproche cuando no se cumplen.

Curiosamente, he observado que quienes durante décadas defendieron la libertad de creación parecen exigir ahora una dirección concreta para esa libertad. Son estas personas las que eligen las causas de cada momento y determinan que los artistas son responsables de denunciar las injusticias, y que callar equivale a tomar partido.

Probablemente, mi carácter contradictorio sea el culpable de mi rechazo sistemático a cualquier movimiento defendido con vehemencia por una masa. Como decía el maestro Javier Krahe: «Aunque sea una causa buena, si vamos todos, yo no voy». Sin embargo, en este punto soy de los que piensan que, cuando una obra nace para cumplir una función concreta, deja de ser completamente libre.

Los tiempos que vivimos, tan utilitarios como eficientes, tienden a frivolizar el puro entretenimiento. Como si la belleza necesitara justificar su existencia, o como si una novela que simplemente cuenta una historia estuviera desperdiciando una oportunidad histórica. No parece entenderse que, si aparece un resultado esperado, aparece también una forma de control. Y esto no es nuevo. Basta recordar que, en cualquier época, todos los poderes han intentado instrumentalizar el arte. Porque han entendido algo muy simple: quien controla el relato controla parte de la imaginación colectiva. Que se lo digan a todos los que han montado una religión.

Me encantó escuchar a Rodrigo Cortés en la radio afirmar que prefiere una novela que respeta al lector lo suficiente como para permitirle mirarse en ella como quiera. Por eso no debemos confundir efecto con propósito. Todo tipo de arte puede cambiar una vida, modificar una sensibilidad, inspirar una revolución o alterar una época entera, sin que eso signifique que fuese creado para ese fin. Estoy convencido de que es precisamente esa libertad la que le ha permitido hacerlo.

La cultura debe ser uno de los pocos lugares donde todavía podamos entrar sin instrucciones. Un lugar donde sea posible contemplar algo sin preguntarnos inmediatamente para qué sirve. La grandeza de una obra quizá no resida en las respuestas que ofrece, sino en las dudas que deja. Que cada uno escoja qué hacer desde su posición sin obligar al resto a hacer lo mismo. Que la misión más valiosa sea no tenerla. Porque algunas de las cosas más importantes de nuestra vida nunca han necesitado justificar su existencia mediante un propósito. Y quizá la cultura tampoco debería hacerlo.

Alejandro Álvarez Villalón
Autor de Los Oportunistas
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One response

  1. Muy bien dicho!!!!
    Sí el artista quiere utilizar su obra para denunciar o mostrar algo… bien! Qué lo haga! Pero si otro artista no quiere hacerlo está igualmente en su derecho. Se nos llena la boca de libertad de expresión y de creación pero queremos que esa «libertad» haga lo que nosotros queremos, que diga lo que nosotros pensamos…. Libertad??

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