Alejandro Álvarez Villalón

Propósitos cuesta arriba

Subiendo la última cuesta de la San Silvestre Vallecana entendí por qué enero siempre pesa más de la cuenta. Los propósitos de Año Nuevo funcionan igual que esa pendiente final: llegan cuando uno ya va justo de fuerzas. Quizá no se trate de proponernos menos cosas, sino de dejar de castigarnos por no cumplir objetivos impuestos y aprender a empezar cuando de verdad tenemos ganas.

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Cuando la magia cambió de forma

La ilusión se rompió una noche de infancia, en la parte trasera del coche de mis padres, al descubrir que los Reyes Magos no existían. Desde entonces, las Navidades siguieron siendo especiales, pero nunca iguales. Con los años entendí que la magia no desaparece: se transforma. Y que quizá crecer no consiste en perder la ilusión, sino en aprender a no forzarla, para que vuelva sola, cuando quiera.

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Navidad, taxis y otras guerras innecesarias

La Navidad multiplica los compromisos sociales y reduce la paciencia al mínimo. Entre cenas obligatorias, barras libres y una ciudad sin taxis a altas horas de la madrugada, uno descubre hasta qué punto la convivencia festiva saca lo peor de nosotros. Tal vez no sea mala idea replantearse algunas quedadas: no todas las celebraciones merecen acabar en una trifulca por llegar a casa.

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Estoy bien, ¡qué cojones!

La muerte de Jorge Ilegal y Robe Iniesta me ha devuelto a esas canciones que siempre me recordaron que uno también puede plantarse ante la vida con insolencia. Esta semana, entre ineptos, gritos y fechas límite, entendí que quizá he sido demasiado “adulto responsable” para mi propio bien. Y que toca recuperar ese espíritu rebelde que mira al estrés de frente y dice: “Estoy bien, ¡qué cojones!”.

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La noche en la que me creí escritor

Presentar Los Oportunistas no fue un acto de promoción ni un gesto de vanidad. Fue el final de un camino largo y silencioso: la celebración íntima de una historia nacida años atrás, cuando aún era solo un sueño que imaginaba con los ojos cerrados. Exponerse da miedo, claro, pero también confirma algo esencial: que uno confía lo suficiente en lo que ha creado como para defenderlo delante de quienes más quiere.

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Dependientes hasta para sobrevivir

Una nevera rota bastó para descolocar mi semana entera. Entre rescatar comida y mendigar huecos en frigoríficos ajenos, entendí hasta qué punto un solo aparato puede torcer la rutina. Luego recordé el apagón de abril y la dependencia absurda que tenemos de la tecnología: sin móvil no gestionas un banco, no encuentras trabajo, ni pides cita médica. Y mientras nos empujan hacia un euro digital y un mundo sin efectivo, la pregunta es la misma: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de comodidad?

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La memoria es frágil. La democracia, más.

Medio siglo después de la muerte de Franco, un cuarto de la sociedad española ve con indiferencia —o simpatía— la idea de un régimen autocrático. No es solo ignorancia: es desmemoria. Y aunque el hartazgo con el sistema actual es legítimo, entregarle las llaves del país a un tirano no es un acto de rebeldía, sino de estupidez histórica. La libertad es incómoda, exige vigilancia y exige crítica, pero es infinitamente preferible al lobo que siempre espera su turno.

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