El amor también tiene garras

Cuando escucho y leo la actualidad informativa tengo la sensación de que el mundo se ha parado ante los últimos acontecimientos políticos. Yo siento lo mismo, pero no por el anuncio de las próximas elecciones. Hace una semana tuvimos que dormir para siempre a nuestro gato. Era la primera vez que me enfrentaba a la eutanasia de una mascota. No lo había hecho antes porque nunca antes había tenido un animal en casa. Moody llegó a nuestra familia del mismo modo en que se ha ido: inesperadamente.

Durante mucho tiempo me consideré una persona ajena a los animales. Me daban miedo —y hoy por hoy siguen imponiéndome mucho respeto—, y mis padres tampoco eran especialmente sensibles a sus encantos. Tuve una infancia exenta de animales domésticos y pensé que así sería el resto del camino. Sin embargo, quiso la providencia divina, el universo, las energías o el guionista de esta historia que entrase en nuestras vidas un ser de luz en forma de felino.

Durante estos días he tenido que enfrentarme una y otra vez a la última imagen de él justo antes de irse para siempre. Cada vez que aparece, intento sustituirla por la de la primera noche que pasó en casa, cuando conseguí dormirlo entre mis brazos mientras le acariciaba la frente. La criatura que cabía en la palma de mi mano llegó a parecerse casi a uno de sus primos lejanos, los tigres de Bengala. Y, pese a su gran tamaño, seguía siendo nuestro pequeño ser querido. «¿Cómo algo tan pequeño puede producir tanta ausencia?», nos repetimos ahora en mi familia.

Jamás imaginé que me sentiría tan triste, porque ni siquiera imaginé que podría querer tanto a un animal. No hablo solo por mí cuando digo que Moody nos ha enseñado mucho. Nos mostró nuevas formas de amar, nos inculcó una mirada más bondadosa y nos brindó una compañía genuina. Permítame, lector, que en esta ocasión se me escapen una o dos oraciones un tanto cursis. Hay momentos en los que quizá sean necesarias.

Este dolor pasará, pero no el grado de humanidad que nos ha dejado. No somos mejores personas de cara al mundo; somos mejores individuos para nosotros mismos. Ese ha sido el regalo que nos ha dado Moody: potenciar lo bueno al compartir la vida durante un breve espacio de tiempo con él. Gracias, nenito. No volveré a menospreciar los aprendizajes que dejan las relaciones de amor en cualquiera de sus formas, por muy desgarrador que sea el final de la lección.

Alejandro Álvarez Villalón

Autor de Los Oportunistas

3 comentarios en “El amor también tiene garras”

  1. Tampoco yo supuse nunca que este dolor fuera tan intenso. Sigo esperando verle aparecer por el pasillo cuando vuelvo a casa, sigo esperando que me despierte cada mañana o que reclame la puerta abierta del baño cuando entro en él….. lo echo de menos,
    Nos ha dado mucho amor, mucha ternura y además sin esperar nada a cambio…. Me quería siempre, tanto si estaba guapa como si estaba fea, si estaba alegre o triste…. su amor ha sido totalmente incondicional.
    Gracias Moody por haber entrado en nuestras vidas, por el regalo de tu presencia. No vamos a olvidarte nunca. Te quiero mi pequeño peludito, te quiero siempre Moody.

  2. Por desgracia, es una experiencia que me ha tocado vivir desde los dos lados, tanto como veterinario como tutor. No va a ser algo fácil de superar. Siempre invito a pensar que cuando nos duele tanto la perdida de una mascota es porque se ha convertido en una parte fundamental de nuestra vida. No teneis que olvidar nunca que habéis librado a un ser vivo de vivir en la calle con la incertidumbre de qué vida puede llevar y le habéis dado un hogar y, sobretodo, el amor que solo te puede dar una familia.
    Ahora mismo pensar en el es un recuerdo doloroso, pero con el tiempo aparecerá una sonrisa en la cara cuando penséis en él y en todo lo bueno que os ha dado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *