La corrupción de la intensidad
Existe un punto en el que el amor deja de cuidar y el poder deja de gobernar. A partir de ahí, ambos comienzan a organizar el mundo alrededor de su propio miedo a desaparecer.
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No es una columna de opinión para un periódico. Aunque para poder opinar se requiere de información y algo de reflexión, no pretendo asumir los cometidos de un periodista.
Existe un punto en el que el amor deja de cuidar y el poder deja de gobernar. A partir de ahí, ambos comienzan a organizar el mundo alrededor de su propio miedo a desaparecer.
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Hay decisiones que no se toman de golpe, igual que una fruta no cae del árbol por accidente. Desde fuera todo parece repentino; por dentro, el desprendimiento llevaba tiempo produciéndose en silencio.
La fruta ya estaba cayendo Leer más »
Basta una cafetería, dos personas heridas y algo que no puede suceder para que el cerebro haga el resto. Quizá por eso seguimos leyendo siempre la misma historia, aunque cambien los nombres y las ciudades.
La mujer del café y el hombre que esperaba Leer más »
No hablamos de grandes engaños ni de vidas dobles. Hablamos de esas pequeñas cosas que ocultamos sin motivo aparente: qué cenamos, a quién vimos o lo que realmente pensamos. Quizá no sea hipocresía. Quizá sea la última forma de conservar algo propio en una época empeñada en contarlo todo.
Todos mentimos. Incluso cuando no hace falta Leer más »
A veces hace falta que otro nos diga quiénes somos para entenderlo de verdad. Entre sesgos, heridas y ego, construimos una imagen distorsionada de nosotros mismos. Quizá mirar mejor no sea cuestión de cambiar el mundo, sino de cambiar el filtro.
Aprender a verse con otros ojos Leer más »
La renta básica universal suena bien: dinero sin esfuerzo, tiempo para vivir. Pero ese escenario idílico podría esconder un cambio mucho más profundo: una sociedad donde unos pocos producen y deciden, mientras la mayoría consume y obedece. Y cuando eso ocurra, salir de ahí no será tan sencillo.
Cuando te paguen por no trabajar, será demasiado tarde Leer más »
Lo tienes todo: trabajo, familia, salud, planes. No falta nada. Y, sin embargo, te levantas cansado, sin energía, con una sensación difícil de explicar que no desaparece por mucho que llenes el día. El cuerpo avisa, pero no escuchas. Prefieres seguir, ocupar cada minuto, evitar el silencio, no hacerte la única pregunta que importa: «¿y ahora qué?». Nos han convencido de que pensar bien es suficiente, de que el lenguaje lo cambia todo, pero no es verdad. Las palabras no salvan a nadie si no tocan lo que hay debajo. Y debajo siempre está lo mismo: emociones que no estás mirando. Quizá por eso parar tiene tan mala fama. Porque cuando paras, ya no puedes seguir huyendo.
Va a pasar igual. La diferencia es cómo. Leer más »
En un bar cualquiera, en una tarde cualquiera, mientras dos adultos se rompían en silencio hablando de miedos que no sabían cómo resolver, una niña levantó la vista, tiró del jersey de su padre y le ofreció una cera verde diciéndole que sabía a bosque; no hubo respuestas, ni soluciones, ni dinero de por medio, pero algo cambió, algo invisible se aflojó en el aire, como si durante unos segundos alguien hubiese recordado cómo se respira sin miedo, y yo, que lo vi todo desde un taburete con una cerveza en la mano, entendí —demasiado tarde— que quizá de niños tuvimos una forma de ver, de sentir y de arreglar el mundo que no se aprende, que no se entrena y que, cuando se pierde, ya no vuelve, por mucho que años después abras una caja de ceras, elijas el verde y la chupes esperando encontrar de nuevo el bosque.
Esta semana han coincidido dos cosas: una misión a la Luna y una celebración religiosa de hace más de dos mil años. Parece casualidad. No lo es. Cada vez que el ser humano se asoma a lo desconocido, ocurre lo mismo: no entiende, se inquieta y necesita una respuesta urgente. Aunque no sea verdad. Aunque sea un cuento. Antes lo llamábamos Dios. Ahora empezamos a llamarlo Universo. El nombre cambia. La necesidad no. Las religiones no nacen de la fe. Nacen del miedo. Del vacío que deja no saber qué está pasando ni qué va a pasar. Por eso funcionan. Porque tranquilizan. Y por eso seguirán apareciendo nuevas. Más modernas. Más adaptadas. Más creíbles.
Quizá la próxima no mire al cielo.
Quizá mire al espacio. Al final, todo se reduce a lo mismo:
Elegir entre aceptar que no tienes respuestas… o abrazar una historia que te permita dormir tranquilo.
La próxima religión no vendrá del cielo. Vendrá del espacio Leer más »
Mientras el debate sobre la inteligencia artificial gira en torno al empleo o la tecnología, se está ignorando una cuestión más profunda: la libertad. En una sociedad cada vez más sola, la promesa de compañía perfecta puede convertirse en la trampa definitiva. Porque cuando una máquina es capaz de adaptarse a todo lo que queremos, el riesgo no es que nos sustituya… sino que dejemos de necesitarnos entre nosotros.
El verdadero peligro de la inteligencia artificial no es el que crees Leer más »